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martes, 28 de abril de 2015

La fiesta que llevamos dentro

Muchas veces nos sentimos tristes, agobiados, deprimidos, angustiados. Experimentamos sentimientos que se contradicen totalmente con lo que en realidad deberíamos estar sintiendo como hijos de Dios, habitados por la Santísima Trinidad.

¿Por qué sucede esto? En primer lugar debemos situarnos en la gran y privilegiada verdad que es la Inhabitación Trinitaria en el corazón del ser humano. Nadie más que el ser humano tiene este privilegio y solo el ser humano es quien puede disfrutarlo. Sin embargo es una verdad dejada de lado o, incluso, y más grave, desconocida.

Esta verdad es tan grande como Dios mismo. Y mucho más, Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo visitando el corazón, el interior del ser humano. La presencia de Dios en nosotros, la Gracia Santificante, Dios en su infinita bondad y con toda su divinidad habitando en sus hijos.

El cielo es el estado del alma en la presencia de Dios, eso lo sabemos. Donde está Dios hay cielo. Entonces si Dios está en nosotros ¡Estamos llenos de la vida de cielo!

Y ¿Desde cuándo sucede esto? Desde hace mucho tiempo, no es novedoso en cuanto al tiempo, de repente es novedoso ponernos a reflexionar sobre esto. Desde el día de nuestro Bautismo Dios nos regala su presencia en nuestra vida, una presencia real que no es un invento, una fiesta de cielo en nuestro interior.

Es claro que esta fiesta puede perderse por el pecado, esencialmente por el pecado mortal que corta la comunión con Dios, que rompe la vida de Gracia en nosotros, pero podemos recuperarla a través del Sacramento de la reconciliación. Es decir, esa vida puede estar en nosotros toda la vida, es el gran tesoro que llevamos en vasijas de barro, por eso Dios nos dice "Te basta mi Gracia".
¿A quién no le bastará tener a Dios en su interior? Tan cerca, tan íntimo, tanto amor.

Entonces esa es la fiesta que llevamos dentro, una fiesta que no es simplemente un placer momentáneo, sino la felicidad completa. Cargamos en nuestro interior con la fuente de la felicidad y ¿Estamos tristes? ¡No!

Nos pueden quitar muchas cosas, nos pueden agraviar, nos pueden maltratar, la vida puede ser difícil, lo que sea que estemos pasando, pero nadie puede quitarnos la fiesta que llevamos dentro. Nadie, excepto nosotros mismos ¿Cómo? Cediendo al pecado, dándole lugar en nuestra vida.

Por eso, reflexionemos y vivamos esa felicidad de comunión con Dios, no nos permitamos perder su vida en nosotros, y disfrutemos de este hermoso regalo de Nuestro Padre Celestial.




viernes, 24 de abril de 2015

¿Que cambies tú o que cambie yo?

La vida de cada uno está rodeada de situaciones y circunstancias que componen lo cotidiano, lo que llamamos el diario vivir. Cada situación o circunstancia hace parte de la vida y es lo que compartimos con los demás.

Nadie vive lo suficientemente solo como para decir que sus acciones o vivencias no afecten a los demás, o que sus actos son solo su responsabilidad por lo tanto los demás que se arreglen.

Muy por el contrario, todos somos parte de una sociedad, de un ámbito de vida, de un lugar que ocupamos y compartimos y que denominamos mundo.

Y todos, absolutamente todos, somos beneficiarios o somos perjudicados con el actuar de los demás, así como los demás son beneficiados o perjudicados con mi propio actuar.

Por lo tanto, si volvemos al título de esta reflexión ¿Quién es el que tiene que cambiar? La respuesta es muy fácil ¡Todos! Tanto yo como los demás y tanto los demás como yo.

Pero si le agregamos a esta pregunta la variante de que estamos hablando, en lo personal, de que tengo una experiencia del amor de Dios, que me digo cristiano, que soy seguidor de Cristo, que conozco la Palabra, que discierno su voluntad, entonces la obligación de cambio, sin lugar a dudas es mio. Yo debo cambiar

Y esto es lo que nos frena en el camino del seguimiento de Cristo, esto es lo que muchas veces falla en el testimonio, esta es una de las piedras de tropiezo. Como dijo Jesús "Es más fácil ver el error ajeno que ver nuestros propios errores", entonces en consecuencia, todos exigimos que los demás cambien. Jesús también dijo que "no se le pueden pedir peras al olmo" pero es muy obvio que a un árbol de peras sí se le pueden pedir. Entonces, si yo me digo cristianos debo dar frutos de cristiandad y uno de los frutos es un verdadero cambio de conversión.
A los demás, o a aquellos que no conocen a Dios, primero hay que procurarles un encuentro con El para que puedan cambiar. Pero a un cristiano que dice serlo y no se cansa de proclamar que lo es, no solo se le puede pedir un cambio sino que se le debe exigir que cambie.

La vida es simple y el seguimiento a Cristo lo es también, las respuestas son sencillas, solo hay que estar dispuestos. Amén




jueves, 23 de abril de 2015

¿Quién se daña verdaderamente cuando no se perdona?

El tema del perdón es un tema muy hablado, muy recomendado, es tema de conversación y de consejo todo el tiempo. El perdón es un arma poderosa de amor que puede desarmar al oponente.

Cuando nos dañan el corazón, cuando nos ensucian la reputación, cuando nos ofenden en demasía, lo mejor que podemos hacer es perdonar. El perdón se transforma en la mayor venganza de amor que puede cambiar el rumbo de las cosas. Cuando nuestro oponente ve, que a pesar de todo lo que ha hecho en contra nuestra, recibe de todas formas nuestro perdón, queda desarmado.

Perdonar no significa que acepto todo lo que me hacen porque no me queda otra, perdonar es un acto es una decisión que nos ayuda a afrontar las situaciones dolorosas con dignidad.

Llorar y llorar sobre lo mismo, recordar una y otra y otra vez lo que nos han hecho no soluciona nada, al contrario, lo que hace esta reacción es que lo vivamos una y otra vez, que repitamos el dolor cada vez que nos lloramos, que la herida siga abierta y sangrando y que la bronca, el rencor y el odio se vaya apoderando de nosotros, hasta el punto, incluso, de enfermarnos espiritual y físicamente.

¿Es eso lo que realmente queremos? claro que no. Nadie quiere sufrir, por lo tanto, deberíamos ser más inteligentes y cortar el sufrimiento por lo que nos hacen a través del perdón y seguir adelante con la dignidad de los hijos de Dios.

el daño ya fue hecho, una vez, pero nosotros mismos recordándolo y llenándonos de bronca lo único que logramos es hacernos más daño. Es decir, con esa actitud lo que hacemos es ponernos del lado de quien nos hizo mal y decirle: mira, vos me hiciste mal, pero yo me lo hago peor.

el perdón, muy por el contrario, nos libera de esa atadura de dolor, nos sana, nos hace personas dignas. No porque no nos importe, sino porque en realidad nos importa la salud de nuestra alma y tratamos de cuidarla lo mejor posible.

El perdón es la forma de cuidar nuestra alma y de demostrar la altura de los hijos de Dios, que son misericordiosos con el pecador y que, aunque duela, tienen conciencia de que Dios nos perdona y nos enseñó a perdonar siempre.

Hagamos la prueba y veremos los resultados de paz en nuestra vida. Amén



miércoles, 22 de abril de 2015

La imagen de Dios en nosotros

Siempre hemos conocido a través de la catequesis que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, que el ser humano es la obra culmen de la creación.

Sabemos también que el ser humano no es una criatura más, sino que somos hijos de Dios. Dios nos hecho sus hijos a través del Sacramento del Bautismo.

Todas las verdades de Fe que la Iglesia nos enseña ¡Las sabemos! y en parte es muy bueno tener conocimiento, porque cuando uno sabe algo eso implica que puede hacer opciones, que puede actuar en consecuencia, que puede disfrutar de una verdad y hacerla realidad.

Entonces, el punto es que contamos con esa imagen de Dios, pero no siempre se vislumbra en nosotros esa realidad. Pocas veces podemos ver la imagen de Dios en el ser humano actual, no digo en todos, pero sí en una gran mayoría.

La imagen del ser humano hoy en día es el egoísmo, la envidia, la violencia, la competencia, la avaricia, la injusticia, la falta de amor, de sinceridad, de respeto, las incoherencias, la mentira, la falsedad y bien podemos seguir haciendo una larga lista de la imagen que estamos dando como hijos de Dios.

Es necesario, es urgente, que los que decimos saber, conocer, amar y servir a Dios cambiemos esa imagen anteponiendo el verdadero testimonio de amor y entrega. Es necesario que levantemos la voz y la vida misma, que digamos con palabras y obras, que dejemos ver la imagen de Dios en nosotros.

Esa imagen de paz, de solidaridad, de fraternidad. Esa imagen de bondad, misericordia, perdón, Imagen de cuidado y de atención al hermano, imagen de justicia. Esa imagen de lo que Dios es y de lo que Dios ha puesto en nuestro corazón a través de su Gracia.

Es tiempo que dejemos de pensar, como siempre les digo, en la imagen que me transmite el otro y preocuparme por la imagen que yo estoy dando, por lo que yo transmito, por mi propio testimonio.

Es hora de comprometernos de verdad en el seguimiento de Cristo, es hora de decir que somos cristianos, hijos de Dios, hijos de la luz, seguidores del Maestro con nuestra vida. Es hora de callar los grandes y bonitos discursos y empezar a vivir, a dar testimonio, a contagiar de lo que estamos convencidos que somos: ¡Hijos de Dios! Amén.



martes, 21 de abril de 2015

La oración y el estado del alma

La oración es una gracia que Dios ha puesto en nuestra vida y que pocas veces valoramos como tal. El poder hablar con Dios es un don precioso, y mucho más precioso es saber que Él nos escucha y que también nos responde.

La oración es la conversación con Dios, es estar con nuestro Dios, con nuestro Padre, con nuestro Amigo. Con Aquel que nos ama infinitamente y que se regocija en el tiempo que le dedicamos como un verdadero Papá.

En la oración, nuestra alma, encuentra el reposo en el corazón de Dios. Nuestra alma recibe las caricias llenas de amor y misericordia de nuestro Dios, que nos ayudan a sanar, a fortalecernos, a erradicar las manchas del pecado.

En la oración nuestra alma disfruta del tiempo eterno que anhela, que busca, que desea, que aspira. No nos olvidemos que somos de Dios, para Dios hemos nacido y a Dios tendemos. Somos hijos de Dios, como tales, estamos hechos a su imagen y semejanza, y el alma es nuestra parte esencialmente comunicadora entre Dios y la humanidad.

Por eso es tan importante el tiempo de oración, es respirar con el alma de par en par en el ámbito de cielo, de santidad, de divinidad porque es el encuentro con Dios mismo.

Tratemos a nuestra alma como ese tesoro que llevamos dentro, procuremos el encuentro con Dios para que todo lo que somos, Espíritu, alma y cuerpo se llene del amor y la misericordia derramados en cada momento de oración, así nuestra vida experimentará los cambios necesarios para la santidad. Amén



lunes, 20 de abril de 2015

¿Qué hacemos con nuestro tiempo?

La bondad de Dios nos regala un tiempo, tiempo que transcurre en nuestra vida y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que estamos viviendo.

El tiempo es la vida.

El buen aprovechamiento del tiempo hace que nosotros crezcamos en santidad. Es una idea base y una idea fuerza saber aprovechar el tiempo.

Muchas veces me pregunto ¿Qué hemos hecho con el tiempo los seres humanos? ¿En qué lo hemos estado gastando? ¿Por qué en tanto tiempo de existencia hay tan pocos santos?

Y la pregunta ¿En qué lo estamos gastando? es importante, y pueden ver que uso la palabra gastar y no invertir. Porque hay una diferencia muy grande entre un gasto y una inversión.

Humanamente, sabemos, que cuando uno gasta es por algo que tiene su valor pero que es superfluo, que se termina, que no nos da la ganancia que nos daría una inversión. Por ejemplo, un gasto es comprar cosas, por ejemplo, un celular de última gamma pero que solo lo utilizo para hacer llamadas porque otra cosa no se hacer o no lo necesito para nada más. Una inversión es comprar u lote pensando en una casa para el bienestar de mi familia. Son ejemplos que cada uno puede ver de acuerdo a sus actos.

En el tiempo sucede lo mismo, un gasto de tiempo es pasar la vida sin objetivos, sin metas, sin descubrir la misión por la cual existimos. Gastar el tiempo es no amar, no ocuparse de los demás, no involucrarse en los cambios de la vida que son para bien. Gastar el tiempo es sumarse a las propuestas del mundo que nos roban identidad como hijos de Dios y seguir la corriente.

Invertir el tiempo es ocuparse del alma, tener tiempo de encuentros con Dios, amar a todos, ocuparse e involucrarse en el crecimiento espiritual propio y de los demás. Invertir tiempo para compartir, para la familia, para las ocupaciones. Invertir tiempo es cumplir con las responsabilidades en tiempo y forma, es llegar puntual a las citas, respetar a los demás.

Es decir, una buena inversión del tiempo hace que nuestro crecimiento espiritual sea el correcto, y muchas veces nos preguntamos porque unos crecen más rápido que otros y la respuesta puede ser esta otra pregunta ¿Será que estas personas están invirtiendo mejor su tiempo? ¿Será que estamos gastando el tiempo?



domingo, 19 de abril de 2015

Una vida santa no es una vida complicada

Una vida santa no es una vida complicada. Una vida santa es una vida simple.

Las complicaciones que resultan en nuestra mente respecto a la santidad es porque pensamos que hay que estar todo el día rezando, que no se puede hacer una cosa o la otra, que tendremos miles de limitaciones, que hay que vivir mirando al cielo. Tantas cosas que nada tienen que ver con una vida santa.

Una vida santa tiene la primera motivación en el amor y responde al mayor de los mandamientos que Jesús nos ha enseñado: "Amar a Dios y amar al prójimo"

Los santos son claros ejemplos de que la santidad tiene su motivación en el amor, si vemos sus vidas no hay nada extraordinario, excepto la forma de amar y de darse a los demás.

Entonces, santidad no es sinónimo de complicarse la vida sino de vivir una vida simple.

La simplicidad en hacer las cosas, la sencillez en aceptar las contrariedades de la vida, la simplicidad en vivir y disfrutar de lo que tenemos, la sencillez del compartir, la simplicidad de la no apariencia sino de la sinceridad, ser como somos delante de Dios y delante de los demás.

Ser santos no es armarnos una vida ficticia que a la semana se torna imposible de vivir, ser santo es ir transitando el camino de la vida actuando de la mejor manera, con rectitud de intención, de cara a Dios. Tratar de estar siempre decidiendo lo mejor para nuestra alma, diciendo no al pecado, mejorando el carácter, pero no como una tremenda imposición de que si fallo mi vida es un desastre, sino con la convicción de que somos pecadores, que vamos a fallar, pero con la confianza en que Dios sigue estando ahí, en cada momento, para ayudarnos a seguir.

Una vida santa es una vida bien vivida, con decisiones acertadas, con decisiones que afecten a los que nos rodean para bien, una vida que estimule la vida de los demás, una vida que marque la diferencia por no dejarse llevar por los placeres mundanos, y eso no significa que no podamos divertirnos, al contrario, la mayor felicidad está en una vida en el camino de santidad.

Vuelvo al título de este escrito, una vida santa no es una vida complicada, y muchas veces esas ideas erróneas que nos hacemos de la santidad es la mayor piedra para el crecimiento.

Si de verdad quieres ser santo en primer lugar decide serlo, en segundo lugar vive intensamente, disfruta, agradece, y ama como Jesús lo hace con nosotros. Amén



sábado, 18 de abril de 2015

El Reino de Dios también depende de tu decisión

Todos sabemos que el Reino de Dios ya está entre nosotros y también sabemos que está en nosotros.

El Reino que Jesús vino a instaurar, que bien lo dijo, no es de este mundo, está presente y al alcance de todos.

Pero así como lo dijo Jesús, queda bien claro, que ese Reino no es de este mundo, pero otra cosa que debe quedarnos clara es que ese Reino ¡Es para el mundo!

Un Reino de amor y justicia, que es lo que tanto anhelamos y pedimos, un Reino de paz y alegría, que siempre deseamos, un Reino de igualdad de condiciones y oportunidades, un Reino donde todos podemos ser lo que que nuestro corazón desea sin miedos, sin trabas, con el buen ejercicio de la libertad, un Reino de cielo verdaderamente.

Eso es lo que todos, en mayor o menor medida, llevamos dentro nuestro. Pero que también, no todos, estamos dispuestos a realizarlo con la ayuda de Dios.

Por eso el título de esta reflexión: el Reino de Dios también depende de tu decisión. De la decisión de cada uno, de una verdadera y libre decisión de vivir de acuerdo a las leyes de Dios, de vivir el mandamiento del amor, de poner en práctica las enseñanzas de Jesús.

Lo que tanto deseamos no se dará si cada uno de nosotros no nos decidimos a hacer lo que nos corresponde, a vivir en obediencia. Tampoco lo lograremos exigiendo que los demás cambien sin hacer nosotros nuestra parte. El Reino es la vida de cada uno y con mi propia decisión ayudo a que se extienda y se logre la instauración total.

Ya es tiempo de que las quejas de lo que sucede en el mundo queden a un lado y que los que ocupamos el mundo hagamos algo por mejorar. Simplemente unidos a Dios y haciendo lo que a Él le agrada lo vamos a lograr. No es tarea fácil pero no es tampoco imposible.

Desterrando el egocentrismo que nos domina, dejando caer el orgullo y dando lugar al amor todo puede tener su cambio. Y si el otro no cambia tampoco yo tengo que detenerme a mirarlo sin hacer nada, procuro mi cambio y contagio a los demás. Así como tenemos para decir del otro seguramente el vecino tiene algo para decir de mi. El cambio es de todos y el Reino de Dios depende de una decisión: LA TUYA Y LA MÍA. Amén


sábado, 22 de noviembre de 2014

PASTORES CON FUNDAMENTO - Extracto de mi Libro "MANUAL DEL PASTOR EN EL PUEBLO DE DIOS" Ivana Garramone

UN VERDADERO PASTOR EN EL REBAÑO DE DIOS


Para servir a Dios y a los hermanos en la Iglesia, en los grupos, o en cualquier ministerio que se nos convoque, siempre debemos y necesitamos tener en cuenta para lo que fuimos llamados y por quien hemos sido llamados. A esto se le llama fundamento o cimiento del servicio, madurez en la respuesta, y fecundidad para la gloria de Dios.


La Iglesia es jerárquica y así la instituyó Jesús, así Dios la quiere y así Dios la ordena. Y cada uno de los roles jerárquicos existen en la Iglesia para mostrar el camino, para ayudar a los hermanos, para mantenernos organizados y para ejercer la autoridad y manifestar la obediencia. Y gracias a que somos una Iglesia jerárquica tenemos unidad de criterios, una misma fe, un solo Bautismo y un mismo Dios y Padre, y contamos con la certeza de ir por el buen camino bajo las directivas y enseñanzas, que la Iglesia Madre, nos brinda.


En otro grado y sin jerarquía institucional, como la expresada anteriormente y compuesta por el Santo Padre, Obispos, Sacerdotes, y diáconos, también el Señor va formando comunidades, para que cada uno pueda vivir a lo que EL mismo lo convoca, según un carisma de fundación. Por eso lo Iglesia es comunidad de comunidades.

Y en esas comunidades también pide un orden, lo hace de manera organizada para que se mantenga la comunión, la autoridad desde EL y la obediencia. Este orden permite que todos caminemos por el mismo camino y la posibilidad de desviarse sea casi nula, por eso Dios, en su preciosa e infinita inteligencia, siempre ha querido comunidades ordenadas bajo una autoridad.


Y, como Dios nunca deja de obrar y le gusta mantener a sus hijos en un orden nacido de su corazón, dentro de las comunidades también elige y regala el don del pastoreo, poniendo al frente de grupos, a un hermano dedicado a cuidar a sus hermanos. Y el fundamento del pastoreo es este: Dios sabe que los seres humanos necesitamos un guía, sabe que a veces solos no sabemos discernir, por lo tanto, elige a uno para que mantenga la unidad y el camino correcto.

Dios elige un pastor porque así lo quiere, no es por un buen o perfecto curriculum que un pastor llega a su cargo, sino que es porque Dios es amor y con ese amor cuida a todos y cada uno.
Por eso, el pastor, antes de ponerse a pensar que fue elegido porque es el dueño de todas las virtudes, ha de ponerse a pensar que la gratuidad, el amor infinito y la sabiduría de Dios, lo ha considerado digno de servirlo en su presencia.

La elección que Dios hace es porque Dios quiere, Dios no elige porque se lo soborne o porque ha visto tantas cosas buenas en una persona que le dan pautas de elección, Dios elige para cumplir una misión, a cualquiera, porque ama. Lo que si es real, muy verdadero y digno de confianza, es que Dios capacita a quien elige. Lo capacita y lo prepara con su unción para que pueda cumplir con lo que EL le pide.


Entonces, al ser elegidos para pastorear siempre ha de tenerse en cuenta que Dios me ha dado ese rol, que no es por merecimiento, sino por elección de Dios. Y cuando nuestros motivos son los correctos, este trabajo produce dividendos eternos.


Pero en muchas culturas de hoy, donde el pastoreo cristiano conduce al prestigio y privilegio, la gente aspira al liderazgo por razones totalmente indignas y egoístas. Muchas veces el rol del pastor se resume a sanar heridas de autoestima baja, de complejos de inferioridad, que van degradando el servicio y dando una imagen errónea de lo que en realidad Dios pretende al poner a un hijo suyo al frente de los demás. No es un lugar donde buscar aplausos o servilismo, al contrario, el lugar del pastor es donde brindar aplausos a sus hermanos cuando empiezan a caminar con seguridad ayudados por él y donde el servicio mayor que puede brindar es el amor acompañado de la paciencia para entenderlos y ayudarlos.


El deseo de ser grande no es malo, la motivación es lo que determina el carácter de la ambición. Todos los cristianos somos llamados a desarrollar talentos que Dios nos ha dado, a sacar el máximo provecho de nuestras vidas, a desarrollar al máximo las capacidades que Dios nos ha dado. Pero Jesús enseñó que la ambición que se centra en el ego es mala.
La ambición del pastor debe ser “servir en perfección”, crecer a la medida de Dios, vivir en santidad, acrecentar los dones y carismas que Dios le regala. La ambición del pastor es y debe ser siempre hacer la voluntad de Dios.

El pastor no puede centrarse en él mismo, si así lo hace llevará a sus hermanos a un seguimiento humano, logrará que lo sigan ¡Si! Pero a él, no a Dios. Y el pastor está en su rol para que los demás puedan seguir a Dios en sus planes amorosos.

¿PARA QUÉ ORAR? Extracto de mi Libro "OREN Y VIGILEN" Ivana Garramone

¿PARA QUÉ ORAR?

Imperativamente necesaria para la vida es la oración. Es un ejercicio urgente a ser practicado para mantener vivo el espíritu, atenta el alma y fuerte el cuerpo.

Quien ora bien vive bien, más quien dedica tiempo a la oración cuenta con un tiempo extra de vida plena, ya que el encuentro con Dios nos suministra una experiencia de su Ser, de su amor y de sus Gracias derramadas en ese momento y a lo largo de nuestra vida.

La oración es una necesidad del alma tanto como el oxígeno lo es para vivir humanamente. Podemos decir que la oxigenación de nuestro interior se llama oración y que el proceso que conlleva esa oxigenación es el tiempo que le dedicamos a estar con Dios.

Es imperioso que tomemos conciencia de que la oración debe ser parte importante en nuestra vida, no podemos vivir si no oramos, mejor dicho, no podemos vivir la voluntad de Dios si no oramos. En la oración encontramos las respuestas a los interrogantes de nuestra cotidianidad, y encontramos la razón de nuestros cambios y crecimientos para la vida de Dios.
Quien no ora difícilmente podrá tener una verdadera conversión.

Motivo esencial del porque debemos orar es la conversión. El cambio de actitudes, de formas, el cambio de ser y de ver las cosas, el cambio radical de vida se genera a partir del encuentro con Dios. Todos tenemos un momento de la vida que ha marcado un antes y un después, y ese alto fue el momento preciso donde Dios comienza a revelarse, a darse a conocer y tenemos nuestro encuentro personal. Este encuentro pudo haber sido un retiro espiritual, una catequesis, una enfermedad, una situación difícil de sobrellevar, una persona que nos habló. Son muchas las formas en las que Dios propicia un encuentro con nosotros y hace que nuestra vida cambie para su gloria.
La oración hace, entonces, que cada día nosotros propiciemos ese nuevo encuentro con EL, para que nos siga cambiando, alimentando y haciéndonos ver lo lindo de su vida incorporada en nosotros. El primer encuentro lo propicia el Señor, los demás dependen de nuestra necesidad de estar con EL y buscar las formas de mantenernos en una oración continua y en un espacio de oración diario.

Es necesario orar para que la voluntad de Dios se revele en nosotros, para saber discernir lo que Dios quiere, para poder tomar buenas decisiones, para que nuestra vida encuentre el rumbo, para que los planes y promesas de Dios se cumplan.
Pero si no nos detenemos, si no vamos a la fuente, si no oramos será muy complicado saber discernir y actuar en consecuencia.

Muchas veces hemos dicho y también hemos escuchado “no se lo que Dios quiere de mi”. Esa pregunta seguirá sin respuesta hasta que nosotros tomemos el hábito de orar, de hablar con Dios, de ir preguntándole lo que espera, lo que quiere y pidiéndole las capacidades para responder.
No podemos amar lo que no conocemos, no podemos vivir lo que no sabemos, no podemos responder si no nos sentimos llamados, es decir, nadie puede hacer nada si no sabe. Ir al encuentro con Dios en la oración es una forma de disipar la ignorancia y recibir luz.

Orar es necesario para poder confrontar nuestra vida con la vida de Dios, es la única forma donde podemos estar cara a cara con el Señor, con nuestro yo al descubierto, y dejarnos moldear por EL, dejarlo que restaure su imagen y semejanza en nosotros. Cada momento de oración es como entrar a un Spa espiritual, donde el Señor te renueva, saca las impurezas y te deja preparado para una nueva jornada en su presencia.

La oración nos deja al descubierto delante del Señor, pero no de una manera acusadora, sino de la mejor forma, de la manera constructiva, de la manera que nos hace crecer, de la manera que nos da la oportunidad de ser cada día mejores y de una manera especial de vigilancia.
La oración nos ayuda a estar vigilantes con nuestro interior, nos ayuda a ejercer esa delicadeza de conciencia porque nos vamos dando cuenta que al estar delante del Señor, junto al Señor, encontrándonos con nuestro Papá, no podemos negar lo que somos, lo que nos falta y lo que deseamos, por lo que nuestra conciencia se va formando día a día, momento a momento en su presencia. Y es la mejor formación, porque la enseña Dios mismo.

martes, 18 de noviembre de 2014

¿CÓMO ORAR? Extracto de mi libro "OREN Y VIGILEN" (Ivana Garramone)

¿CÓMO ORAR?

En un principio podemos decir que el ¿Cómo? En la oración no es cuestión de posturas o rituales que acompañen el espacio de oración, sino más bien, la actitud interior para presentarnos delante de Dios, para disfrutar del encuentro con EL.

¿Cómo presentarme al Señor? ¿Cómo iniciar un diálogo con EL? ¿Cómo decirle lo que hay en mi corazón? ¿Cómo hacerme entender?
Son preguntas que pueden surgir de nuestra expectativa, de nuestra disposición a la oración. Podemos hacernos muchas otras, o tal vez, ni siquiera se nos ocurra hacernos preguntas. De todos modos, está bien que tengamos este tipo de cuestionamientos, ya que nos ayuda a crecer y a tomar una verdadera actitud orante día a día.

Cada uno de nosotros tenemos el precioso privilegio de poder entablar una relación de amistad con nuestro Señor, cada uno de nosotros podemos llegar a EL porque hay un motivo muy especial que nos acerca y ese motivo es la Filiación divina, es decir y en palabras más simples, el ser Hijos de Dios. Entonces nuestro acercamiento a ÉL ya cobra un nuevo sentido, ya tiene un grado más que una amistad, ya es una experiencia de padre a Hijo y de Hijo a Padre.

Al descubrir tal magnitud, al descubrir semejante dignidad, obviamente, el corazón humano se ensancha en la presencia de Dios y cada día va tomando una nueva forma, la oración ya no es un comunicado o dialogo, sino que es una conversación familiar. Somos familia con Dios, somos sus hijos. Y como hijos nos acercamos a recibir sus consejos, a preguntarle que es lo que espera de nosotros, y a pedirle, como cualquier hijo, una ayudita especial en tal o cual cosa.

Entonces, la característica principal o la actitud principal de la oración, digamos el “gran como” es presentarnos delante del Señor como sus hijos.
¿Cómo orar? Orar como hijos.

Al entablar una conversación con nuestro Padre Dios iremos viendo en qué nos parecemos a ÉL y en que estamos muy lejos de parecernos. Iremos conociendo las virtudes de nuestro Padre e iremos obteniendo, mediante ese diálogo, el deseo y la capacidad de imitarlo.
La oración irá tomando el verdadero sentido, el que debería ser el único, el que realmente podríamos decir es la definición completa: conversación con Papá Dios.

Y ¡qué gozo produce esta gran verdad! Esta realidad debe invitarnos día a día para propiciar este encuentro con Dios, debe animarnos a orar cada día más, y debe colmar nuestro interior de nuevas luces y de deseos de acrecentar la comunión con nuestro Padre celestial, que usa esta forma para demostrarnos su amor y solicitud con sus hijos. Nos escucha, nos habla, pero lo más importante, nos espera.

Ahora bien, ya hemos descubierto la principal actitud con la cual debemos presentarnos delante de Dios. Propiamente como hijos, porque eso es lo que somos desde el día de nuestro bautismo, donde nacemos para Dios y somos capacitados por la Fe, la Esperanza y la Caridad, para creer, esperar y amar a Dios. Somos llenos del Espíritu Santo, que nos instruye en los pasos, nos recuerda las enseñanzas de Cristo, y viene en nuestro auxilio para que sepamos orar como nos conviene. Somos participados de los dones más preciados de Nuestro Señor y Hermano Jesucristo, como Profetas, Sacerdotes y Reyes. Y nuestro corazón queda totalmente limpio del pecado original que nos heredaron nuestros padres primeros y que Dios, por su gran amor y bondad, cumple con su plan de salvación haciéndonos nuevas criaturas. Todo esto sucede el día de nuestro bautismo, y lo expreso en este apartado para que tomemos conciencia de que sí, verdaderamente ¡Sí! Podemos acercarnos a Dios con la actitud de hijos porque es nuestra mayor dignidad: ser de su familia.

Cuando un hijo se acerca a su Padre no lo hace con miedo, no lo hace con irrespetuosidad, no lo hace para enseñarle sino más bien para aprender, no lo hace para ordenarle sino para consultarle, no lo hace porque si no más, sino que cuando un hijo se acerca a su padre lo hace con la confianza de que encontrará una respuesta positiva de parte de parte de Él a las cuestiones que le presentará, sean del índole que sean.

Por esto, la segunda actitud y fecunda actitud para presentarnos delante de Dios es la Confianza.

¿Cómo orar? Orar confiados, orar con confianza.
Debemos dejar de lado nuestras tonteras humanas al acercarnos a Dios, no es necesario armarnos un personaje para ir a la oración, ni siquiera es necesario un trato de lo más elevado para el uso de las palabras. Esto no significa ser irrespetuosos o no darle el lugar que Dios ocupa, al contrario, el trato de hijos a Padre debe ser respetuoso y cariñoso, respetuoso y amistoso, respetuoso y sencillo. Nadie que se acerque confiado a alguien será irrespetuoso. Al contrario, siempre encontrará las mejores palabras para expresarse, esas palabras que surgen precisamente de la confianza que se deposita en el otro.
Cuando uno se acerca a alguien con confianza le abre su corazón, le cuenta sus cosas con la tranquilidad de que el otro va a entender, que el otro va a saber ponerse en su lugar, que el otro al escucharlo lo va a conocer mejor y en consecuencia le podrá dar luz, le podrá aconsejar. Cuando se usa la confianza en la comunicación el mensaje llega directo, correcto, simple y deja lugar a que la otra persona pueda expresarse también.
Por ejemplo, no es lo mismo entablar una conversación con un desconocido que detenerse a conversar con un amigo. Cuando vamos a un supermercado nosotros mismos nos servimos lo que vamos a buscar, llegamos a la caja, hacemos la fila, saludamos al cajero pero ni siquiera sabemos su nombre, abonamos y nos vamos. Cuando vamos al kiosco cerca de casa, saludamos al vecino, charlamos un ratito, le pedimos lo que necesitamos, abonamos y mientras tanto vamos hablando de una y de otra cosa, el trato es más familiar, más fluido, incluso hasta nos animamos a pedir que nos den crédito si no contamos con dinero en ese momento. Así mismo, salvando las distancias, es el trato de confianza que debemos tener con el Señor. Ir a su encuentro, expresar nuestra necesidad, dejar que Él nos atienda y nos brinde lo que tiene para darnos.

La confianza hace que la expresión sea completa, que no andemos con medios mensajes, sino que nos ayuda a darnos por completo y a decir lo que realmente siente nuestro corazón.
La confianza nos abre la puerta para recibir. Y nos dispone para lo mismo.

Cuando confiamos se nos hace fácil expresarnos. Cuando confiamos no tememos. Cuando confiamos no nos detenemos a pensar si el otro me va a entender o no, sino que tenemos la certeza de que seremos escuchados, comprendidos, atendidos e incluso aconsejado.

La oración, entonces, tiene que ser confiada. Debemos usar la confianza con nuestro Papá, que ciertamente, quiere  lo mejor para sus hijos y así actúa en consecuencia.

Y mucho más, si vamos al encuentro con el Señor y nos presentamos tal cual somos, porque confiamos, creceremos con facilidad. Porque no estaremos a la defensiva ni tratando de ocultar cosas, sino que estaremos con un sentimiento profundo de libertad, que hará que veamos lo que somos delante de Dios, y Dios premiará nuestra confianza y nuestra sinceridad, dándonos la gracia de la conversión día a día.

También una oración confiada hará fecunda la respuesta. Mejor dicho, siempre encontrará respuesta, ya que depositando la confianza en Dios estaremos expectantes de lo que EL hará y eso nos mantendrá activos para ver las maravillas, no solo las grandezas, sino hasta lo más pequeño que suceda a nuestro alrededor. Se nos hará más fácil reconocer que todo viene de Dios, por el simple hecho de que hemos puesto la confianza en ÉL.

La confianza nos hace sencillos, nos hace simples. Cuando confiamos no andamos enloquecidos en la búsqueda de palabras o expresiones para que nos entiendan, sino que nos expresamos así como sale, con nuestra forma de hablar, con nuestro lenguaje.

Otra de las actitudes, que se van encadenando, es la sencillez, la simplicidad.

¿Cómo orar? Orar con sencillez. Siendo muy simples.
No es por las muchas palabras que se digan en la oración que seremos comprendidos, sino que es por la simplicidad del mensaje, lo preciso del mensaje, lo objetivo del mensaje. La expresión clara es lo que hace simple la oración.
No debemos dar muchas vueltas para decirle a Dios lo que queremos, o para pedirle lo que necesitamos, o para contarle nuestras cosas.
El Señor sabe todo, por eso, no es necesario ocupar mucho tiempo o estar esperando a ver como le digo esto o aquello.

Cuanto más simple sea nuestra oración más fecunda será la respuesta. Si nos presentamos delante del Señor, para encontrarnos con Él, entonces que no se desvirtúe el propósito: encontrarnos con EL.
El encuentro comienza cuando vos y yo coincidimos en algún lugar, cuando las dos personas llegan al lugar citado, cuando acudo al llamado de alguien que me está esperando. En el momento en el cual coincidimos unos con otros, eso se denomina encuentro. Por lo tanto, en la oración, el momento del encuentro con Dios es cuando coincidimos con EL, cuando nos tomamos el tiempo y vamos, nos retiramos a nuestra habitación, y estamos con Dios, al mismo tiempo y en el mismo lugar. Planteando esto, la oración se hace sencilla, porque las palabras sobran. Es por esto que digo que la sencillez es actitud de la oración, es la actitud de los hijos que van al encuentro de su Padre, es la actitud de los confiados. Porque no hacen falta protocolos con el Señor, lo que hace falta es un corazón sencillo que tome conciencia de que Dios es su padre y que lo mejor que puede hacer es confiar en EL.

Así como somos, así nos conoce el Señor. Dios conoce hasta lo más íntimo de nosotros, nos conoce mejor que a nosotros mismos, entonces no tenemos que presentarle un curriculum de vida sino que tenemos que presentarnos nosotros mismos, como somos, lo que queremos, lo que esperamos, lo que necesitamos, lo que anhelamos, lo que nos hace felices y lo que nos entristece, todo. Absolutamente todo.

Deberíamos ahondar en esta actitud frente a Dios, ya que no solo es una actitud para la oración, sino que la oración nos irá haciendo cada día más sencillos, más simples. De este trato de amistad con Dios, de esta pequeñez, iremos aprendiendo que en la vida, en cada cosa, en cada circunstancia o situación, con la sencillez iremos solucionando todo y todo será más fácil. Sin andar retorcidos buscando soluciones veremos que la sencillez todo lo alcanza más rápido y sin tantos esfuerzos.

Una oración sencilla es a la medida de Dios. EL nos muestra que siendo tan Grande se hace pequeño, siendo el Dueño del tiempo se hace presente en un momento determinado por nosotros para encontrarse, simplemente para encontrarse con sus hijos.
Otra cualidad importante, que va unida a la sencillez, es la humildad.
¿Cómo orar? Orar con humildad.
La humildad va de la mano de la sencillez. Solo puede ser sencillo quien es humilde. Y solo puede ser humilde quien es sencillo.
Aquel que puede ver la grandeza de Dios y su propia pequeñez, es una persona humilde.

Humildad, precisamente es eso, reconocer la grandeza de Dios. Ubicarnos en nuestra condición de criatura, criaturas con una dignisima condición que es ser hijos de Dios. Una oración humilde mueve el corazón de Dios.


Desde el punto de vista virtuoso, la humildad, consiste en aceptarnos con nuestras habilidades y nuestros defectos, sin vanagloriarnos por ellos. Del mismo modo, la humildad es opuesta a la soberbia. Una persona humilde no es pretenciosa, interesada, ni egoísta como lo es una persona soberbia, quien se siente auto-suficiente y generalmente hace las cosas por conveniencia.

Imaginemos una persona que se acerca a la oración y trata con Dios como de igual a igual, como que Dios tiene que hacer lo que ella quiere o como ella dice, o porque a ella le parece. En cambio, la humildad expone en la oración y espera confiadamente en el Señor. No le impone sino que le propone, no desafía sino que confía, no hace trueques sino que ofrece, no espera más de lo que considera oportuno y reconoce que lo oportuno es lo que Dios decida, en su tiempo.
Una oración humilde reconoce que todo viene de Dios y que todo le pertenece a Dios. Sabe feacientemente que Dios es Dios y que frente a EL solo quedan palabras de gratitud, de amor, de enamoramiento. El humilde no pretende que Dios haga cosas, más bien deja todo en las manos de Dios para que sea EL quien decida lo mejor.

La humildad es la virtud de los hijos que se acercan a su Padre, confiados y sencillos, a mantener por un tiempo determinado una charla profunda, abierta, espontánea y desde el corazón. Y obtienen en respuesta los consejos, los cuales aceptan para la vida y día a día intentan cumplir con la voluntad del Padre.


Esto es simplemente orar, esta es la manera más simple de hacerlo y esta es la gran necesidad de todo ser humano. Recordemos a San Agustín en su frase tan conocida: “Nuestro corazón fue hecho para Dios y no descansa hasta que no lo hace en EL”. Y la oración es el descanso, es el reposo de nuestra alma en el amor del Padre. 

lunes, 17 de noviembre de 2014

¿QUÉ ES ORAR? Extracto de mi Libro "VIGILEN Y OREN" (Ivana Garramone)

¿QUÉ ES ORAR?

Es una muy buena pregunta para hacernos a diario, y cada día iremos encontrando nuevas respuestas, porque al cuestionarnos iremos viendo que la mejor forma de saber, de aprender sobre la oración es simplemente experimentándola.

Hay muchas definiciones, o mejor dicho, muchas formas distintas de definir la oración pero comprometidas con la misma esencia y enseñanza, distintas palabras pero la misma verdad, por lo tanto, la definición muchas veces también dependerá de la experiencia que cada uno tenga de la oración.

Según el diccionario, la palabra oración proviene del  latín: oratio. El concepto de oración tiene diversos usos. En la gramática, este término se refiere a la palabra o al conjunto de palabras con autonomía sintáctica. Esto quiere decir que se trata de una unidad de sentido que expresa una coherencia gramatical completa. La oración es el constituyente sintáctico más pequeño posible que puede expresar una proposición lógica.
¿Complicado? Para nada. Simplemente oración según esta definición nos dice que son palabras que se usan para expresar algo y que no determina a la oración las pocas o muchas palabras utilizadas. Nos dice la definición que una sola palabra puede ser una oración, así como un conjunto de palabras también pueden serlo.
Nos dice también: En otro sentido, una oración es una súplica, un ruego o una alabanza que se hace a Dios o a los santos. La oración puede formar parte de un rito de la religión, como en el caso de la Misa.
Podemos comenzar a vislumbrar que la oración es algo que se dice, es una expresión, es una o muchas palabras que salen de nuestro ser para comunicar algo, y que puede ser que alguien lo exprese solo o puede ser también que lo haga entre muchos, como parte de un rito o de un compartir.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2564, nos dice : “La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre”.

Cuando empezamos a ahondar en el concepto que a nosotros nos interesa nos vamos dando cuenta de que la oración no es un simple concepto gramatical, sino que va más allá de una simple definición, nos compromete la vida. Y el compromiso es tal que no solo es expresar palabras, decir palabras, sino que marca una Alianza, un pacto, un deber, una responsabilidad, una tarea necesaria entre nosotros y Dios. Por lo que podemos, entonces, ir dejando en claro que la oración verdaderamente importante es la que está dirigida a Dios, la que se usa para comunicarse con Dios, la que responde a Dios, la que le da participación a Dios. La oración es la palabra o el cúmulo de palabras que está orientada a Dios, buscando intensamente entablar un diálogo con Él, y de corazón a corazón.

Y los santos, nuestros hermanos que nos han dejado mucha enseñanza con sus vidas, también pueden ayudarnos a ver con claridad lo que ellos experimentaron de la oración y que los llevó a poder dar una definición:

“Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría (Santa Teresa del Niño Jesús )

“La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes”(San Juan Damasceno )

“La oración es tratar a solas con quien sabemos que nos ama” (Santa Teresa de Ávila)

“La oración es una escucha en profundo silencio de lo que habla Dios, el Señor” (San Juan de la cruz)

“Mi secreto es de lo más simple. Rezo y a través de mi oración me convierto en alguien que ama a Cristo, y veo que rezarle es amarlo y eso significa cumplir con su palabra” (Madre Teresa de Calcuta)

Y así, muchas definiciones, salidas de las más preciosas experiencias, que ahora nos ayudan a nosotros a identificarnos con esta realidad, que por nada del mundo debería estar ausente o relegada en nuestra vida.

Orar es, por lo tanto, el uso de palabras para comunicarnos con Dios. Entrar en contacto con Él. Dialogar. Expresarnos en su presencia. Tratar de amistad, es decir, hablar con Dios como con un amigo. Hablar con Dios como con una persona que está cerca, que me escucha, que me presta toda su atención, que me entiende y comprende muy bien lo que le estoy diciendo. Orar es entablar una buena relación con Dios, es cumplir con el compromiso de que Dios sea alguien en mi vida, de hacerlo cercano, de dejarlo que me conozca y eso se da en una charla cotidiana y tendida, en un buen rato de compartir.

La oración, bien podemos decir y sin temor al error, es el oxigeno de nuestra alma. Nuestro interior está habitado por Dios y ese estar del Señor en nosotros exige atención, entonces la oración viene en nuestro auxilio para que ese don tan precioso que tenemos dentro nuestro empiece a tener sentido, para que empecemos a tomar conciencia, para que disfrutemos de esa vida celestial que llevamos dentro, para que no andemos buscando perdidamente afuera lo que tan pronto podemos encontrar adentro.

Orar no es perder tiempo, orar es ganarlo. Detenerse a charlar con Dios es lo mejor que podemos hacer, es la manera más propia de cuidar nuestra alma, es la forma mas precisa de crecer para la gloria de Dios, es la manera mas rápida para sanar heridas espirituales, es la forma más acertada de conocer la voluntad de Dios. La oración es el Templo del encuentro, y todos, necesariamente todos, debemos ir a ese lugar a abrazar a Dios y a dejarnos abrazar con Él.

Jesús, en Mateo 6, 6 nos dice: “Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Nos habla de retirarnos a nuestra habitación, y tal vez muchos podemos decir “pero yo no tengo una habitación propia” “yo no tengo mi espacio personal”; pero acá podemos ver que la invitación de Dios no es solamente a un espacio apartado, sino que habla de orar en “tu habitación” y ese lugar sí es tu espacio, es de tu propiedad, es tuyo y solo tuyo. Ese lugar es especialmente personal, porque ese lugar es allí, precisamente allí donde habita Él, el templo de su Espíritu, tu ser, tu corazón. Allí es donde Dios nos invita a orar, en nuestro interior, ir al encuentro de Él. Allí donde personalmente cada uno puede tener esa charla con Dios sin que nadie interrumpa, sin que nadie se meta, sin que nadie diga como o cuando. Esa intimidad con Dios la podemos y la debemos tener todos y cada día de nuestra vida, porque es allí donde Dios nos espera para hablar.    

La oración no es un montón de palabras que salen de nosotros dirigidas al viento o a la lluvia, no es un poema de enamorados que andan llorando por su amado que no saben donde está, lo bueno de la oración es que va dirigida específicamente a Dios y es EL quien nos escucha y es EL quien nos responde.
Ojalá pudiéramos tomar conciencia de que, pobres criaturas como nosotros, podemos entablar un diálogo con una persona tan Grande, Infinita, Eterna, Poderosa y todos los demás atributos de Dios. Y ojalá también, pudiéramos darnos cuenta que muchas veces nos desvivimos por poder tener una comunicación con alguien que de repente, como humano, puede hacer algo por nosotros, y descuidamos a Aquel que en realidad no solo puede hacer algo por nosotros sino que puede HACERLO TODO.


En resumen, orar es hablar con Dios, dialogar con El, entablar una comunicación que nos hace bien, que nos impulsa, nos libera, nos sana y nos hace crecer. Orar es ir al encuentro de Dios, conocerlo, saber de sus pensamientos y descubrir los planes que tiene para nuestra vida. Es disfrutar de saber que el que nos escucha no es uno como nosotros sino que es el Señor.

jueves, 14 de agosto de 2014

LA CORRECCIÓN FRATERNA (Tercera parte)

¿Quién debe corregir?

Todos tenemos el compromiso de cuidar a los hermanos. La corrección debe hacerla quien sabe el pecado del hermano. No es necesario andar desparramando las equivocaciones de los demás para ver quien se anima a corregir. Si, es necesario, que quien lo sabe se sienta responsable de su hermano y lo haga caer en cuenta. Lo corrija y lo acompañe en el camino de cambio que ese hermano va a comenzar. No es solo ir a decirle al otro lo que hace mal, es hacerse uno con el otro y enseñarle que eso que ahora le cuesta en algún momento me costó a mi también y entre los dos ver como superarlo.

Somos guardianes, y debemos guardar delicadamente el alma de nuestro hermano, y no solo el alma, sino también su reputación. Que sea obstinado en un pecado no significa que debe ser lapidado o señalado, significa que tal vez nunca nadie le dijo nada, significa que tal vez no lo sabe, o puede significar que lucha diariamente y no puede superarlo, motivo por el cual necesita más que una corrección un acompañamiento de amor y paciencia.

Hay que animarse a corregir porque eso implica obedecer a Dios. Nadie debe sentirse ofendido cuando se lo corrige ni nadie debe sentirse maestro porque está corrigiendo. El amor hace que la corrección sea equilibrada tanto para quien corrige como para quien la recibe.

Debemos tener en cuenta que la autoridad moral para la corrección ayuda mucho, pero tampoco vamos a dejar de corregir al hermano porque yo también soy pecador. Eso ya se sabe de antemano. Dios lo sabe y sin embargo nos pone a cuidar almas. Lo mismo para quien la recibe, no porque el otro hermano sea pecador no me puede venir a corregir, al contrario, se trata de cuidarnos unos a otros, amarnos a la medida de Cristo que fue capaz de señalar los errores y de perdonar en el momento que fue necesario.

Si no voy a ser capaz de corregir a alguien con el amor que se merece y el acompañamiento que requiere, entonces está bueno buscar a alguien responsable, especialmente dentro de la comunidad, alguien que represente autoridad para que el hermano pueda recibir la corrección. Pero solo a esa persona, nada de andar buscando a uno y a otro para ver quien se le anima, así no es la cosa, el tema es amar y en ese amar buscar la mejor forma para que mi hermano crezca y glorifique a Dios.

Y el amor, el amor es la mayor motivación. El texto citado de la Sagrada Escritura es del antiguo Testamento, Cristo vino a ponerle un nuevo sentido a todo y a todas las prácticas, por lo tanto, ahora a nosotros nos toca el amor, ser profetas del amor de Dios. Llegar al hermano porque lo amo y quiero lo mejor para él en Dios y que mi hermano llegue a mi porque me ama y tiene el mismo interés y propósito.

Sin amor no podemos hacer nada, sin amor ni siquiera podemos plantearnos una corrección y sin amor, es muy probable, que ni siquiera nos animemos a corregirnos nosotros mismos, por eso andamos estancados en el camino de conversión. Si nos falta amor nunca corregiremos ni nos dejaremos corregir. Pero si hay amor la corrección solo será una manera concreta y práctica de demostrarnos cuánto valemos unos para los otros y a través nuestro cuánto valemos para Dios.

LA CORRECCIÓN FRATERNA (Segunda parte)

¿Que es lo que se debe corregir?

El Señor lo dice muy claro: “Pero si tu adviertes al justo para que no peque”. La materia de corrección es el pecado. Todos sabemos que el pecado es una ofensa a Dios. Que puede ser en mayor o en menor grado, pero siempre ofende a Dios. Hay pecados que nos alejan de la amistad con Dios, nos apartan de la vida de Gracia, son los pecados graves o mortales.

Por lo tanto, queda más que claro, que el motivo y/o materia de corrección es el pecado. Todo aquello que pueda hacer que mi hermano se aleje de Dios, y eso requiere de mi parte una atención especial. No como chusma queriendo ver cuando mi hermano cae en pecado, sino con la solicitud del amor, que si Dios me permite ver algo que no le agrada o que le ofende, no me lo hace ver para que me ria, me burle, se lo eche en cara, sino que me lo permite para que yo “temple a mi hermano” “cuide fraternalmente”.

No es motivo ni materia de corrección los defectos de mis hermanos, o todo eso que a mi me moleste, no puedo dirigirme a corregir simplemente porque algo no me gusta o me molesta pero no ofende a Dios, solo me irrita a mi. Eso lo puedo charlar con mi hermano para darle la oportunidad de que se exprese y me comente porqué hace tal o cual cosa, pero tampoco para pedir cuentas del actuar, sino para tratar de entender, comprender y aceptar al hermano como es.
Lo que tengo que buscar incansablemente es cambiar el pecado en el hermano, pero no su remera arrugada que en nada ofende a Dios.

Por ejemplo: Un hermano insiste y persiste en no participar de la Santa Misa los días domingo, no cumpliendo así con la obligación de amor que todos tenemos de santificar las fiestas y celebrar el día del Señor. Y nadie le dice nada, nadie lo invita a dejar esa frialdad de pecado y llegar al calor del sacramento, nadie se ocupa de acompañarlo incluso, porque tal vez no sabe, no entiende, no le gusta ir solo, la familia no lo acompaña (infinidad de motivos), pero todos por ahí andan murmurando que fulano no va a Misa. La corrección en este caso es importante y urgente, no nos podemos callar, no podemos dejar que nuestro hermano, esa alma que está a nuestro cuidado se siga perdiendo, es nuestro deber hacerle ver que eso ofende a Dios y le hace daño a él mismo. Y no hace falta hacerle una exhortación tipo reto, mostrandole el dedo índice: “mira que si no vas a Misa tal cosa” “mira que si no vas a misa tal otra”. El amor es ingenioso. Y una invitación de un hermano un domingo, otra invitación de otro hermano otro domingo, enseñarle, compartirle las vivencias, tratar de que de a poco se vaya dando cuenta de que está en un error ¡ESO ES CORREGIR!

La corrección no es hacerle caer un montón de palabras sobre el alma del hermano y dejar que se levante como pueda, la corrección es decirle al alma del hermano que Dios lo ama y quiere que cada día sea mejor, y que eso que por ahora está haciendo no lo glorifica.


Pero puede suceder que algo grave como este ejemplo no se corrija, pero una pequeña molestia se hace un motivo de corrección. Una molestia podría ser “me molesta que ese hermano hable mucho”. En este caso se le puede decir también, como expresé anteriormente para entender porque actúa así, pero no es pecado hablar mucho. 

LA CORRECCIÓN FRATERNA (Primera parte)

Respecto a este precioso y quisquilloso tema que es la Corrección Fraterna, quiero compartir la cita bíblica del Antiguo Testamento, un oráculo del Señor al profeta Ezequiel, donde le dice lo que debe hacer por su hermano y el compromiso que esto conlleva.
“Si el justo deja de hacer el bien y comete la injusticia, pondré una piedra delante de él para que se caiga y morirá. Si tú no se lo has advertido, morirá a causa de su pecado, se olvidarán de las buenas acciones que haya hecho, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero, si tu adviertes al justo para que no peque y siga sin pecar, vivirá gracias a tu advertencia, y tú habrás salvado tu vida” (Ez.3, 20-21)

Como podemos observar, la Corrección Fraterna, es en primer lugar la misión del profeta. Una misión es un encargo de parte de Dios que hay que cumplir, que debe cumplirse porque Dios así lo quiere y es algo que le dará gloria, pero no solo le dará gloria sino que beneficiará tanto al profeta como a todos los demás.

No podemos andar por el mundo diciendo que somos profetas si no nos hacemos “Cargo” del hermano. 

En su Palabra, el Señor considera al hermano como una persona “justa”, una persona que pretende vivir bien, que conoce los caminos de Dios, pero también nos hace entender que esa persona justa y con buenos propósitos puede caer, puede cometer errores, puede pecar y ofender a Dios. No por ser justa está libre de pecado, más bien, por ser justa está rodeada de situaciones pecaminosas que a veces no puede superar, o no tiene la fuerza necesaria para superar, o no tiene un “profeta” que le hable de parte de Dios y le haga ver las cosas como debe hacer o decidir para la gloria de Dios.

Dios es muy claro en la misión encomendada al profeta: “Si no le adviertes te pediré cuentas” en cambio “si le adviertes, gracias a tu advertencia habrás salvado tu vida”.

La advertencia al justo es precisamente la Corrección, es decirle al hermano, de parte de Dios, que se aleje del pecado, es hacerle ver el error que está cometiendo, es señalarle el camino correcto hacia Dios y en su santa voluntad.

Somos profetas, tenemos como misión fundamental la corrección del pueblo de Dios, pero como hermanos tenemos la misión más preciosa y especifica que es la corrección animada por la fraternidad. La persona a quien nos toca corregir no es un simple justo, no es un fulano, es un “HERMANO”. A eso se le llama fraternidad. Por lo tanto, es mayor el compromiso, porque en vez de corrección podríamos decir que ejercitamos el “cuidado fraterno” y más, podemos agregarle un plus, es el cuidado fraterno del alma de mi hermano.


Cuando tomemos conciencia de que a eso se refiere la corrección ya no tendremos escusas ni para callar ni para herir, sino que buscaremos siempre el bien como madre solícita que cuida de sus hijos, en nuestro caso, hermanos amantes que cuidan almas para Dios.

¿Que es corregir?
Según el diccionario tenemos varias definiciones: Señalar, enmendar, llamar la atención, moderar, advertir, y otras, pero la más bonita es esta palabra “templar”.

Y templar significa: Quitar el frío de una cosa calentándola ligeramente ¡Qué maravilla! Si pudiéramos reconocer que en cada corrección que hacemos estamos sacando el frío y poniendo el calor del amor, el calor del Espíritu, el calor de Dios en el alma de un hermano. Cada vez que corregimos estamos alentando a dejar la frialdad del pecado para vivir en el calor de la vida de Gracia. Es inestimable el valor de una corrección en el alma ya que la estamos conduciendo hacia Dios, y lo más inestimable es que Dios confíe en alguien que también se equivoca y que también necesita ser templado para hacerlo.

Otra definición de templar es poner un instrumento musical en el tono adecuado, especialmente el propio instrumentista en el momento previo a comenzar a tocar ¡Cómo no alabar a Dios! Es tremendo el encargo que nos hace, es ayudar al hermano a que su alma tenga la melodía de Dios, y la melodía de Dios suena en la Gracia. Es decir, ayudar al hermano a interpretar la música de la vida en Dios. Y más aún, no como simples templadores, por llamarlo así, sino más bien como “propio instrumentista”. Es decir, considerando al hermano como mío. Mi hermano, mi alma, mi regalo de Dios.

¿Quién se anima a decir que la corrección es algo duro o feo? ¿Quién se atreve a decir que la corrección solo hiere o hace daño? ¡NO! La corrección es lo mejor que nos puede pasar y lo mejor que podemos hacer, es cumplir con la misión de profetas.

sábado, 9 de agosto de 2014

DESENMASCARANDO AL DEMONIO (Parte 2)

La acechanza del enemigo es muy fuerte en estos tiempos, estamos ensimismados y metidos en una sociedad consumista, egocéntrica, donde todo vale menos la vida que es el gran regalo de Dios. Y los cristianos no estamos exentos de caer en sus trampas, que muchas veces están disfrazadas de sutileza cristiana, de alta superación, de profunda oración, pero que en realidad no es obra de Dios sino que son armadas por el enemigo de nuestra alma.
 Otras máscaras, no menos nocivas, son las siguientes.

Fortaleza de Ocultismo: Es el gravísimo error en el que se puede caer pensando en que son cosas buenas o que se pueden hacer cosas buenas, y una vez que se entra en este campo es difícil salir. Son una abierta aplicación maléfica de muchas fortalezas ideológicas.  Las fortalezas del ocultismo, son fortalezas de brujería, satanismo y religiones de la nueva era, las cuales invitan a los espíritus guías a operar.  Es la búsqueda de saber más de lo que necesitamos saber, usar medios que no nos ayudan y que nos infectan el espíritu con la presencia demoníaca. El demonio agudiza la curiosidad para que caigamos en sus trampas, el querer saber o el demostrar poder de saber es lo que el demonio usa para hacernos caer. El sobresalir en esta ciencia, el querer demostrar que la iluminación viene del más allá, nos quita la objetividad de la revelación de Dios. Lo que Dios revela es siempre santo y verdaderamente sabio, lo que el diablo revela son suposiciones, son irrealidades, son proyectos que salen de su mente maligna que pueden o no suceder de acuerdo al lugar que se le dé. 
El demonio revela mentiras porque es mentiroso por esencia, y nos aleja totalmente de la verdad. 

Fortalezas sociales: Es la sicosis que se arma en una sociedad por la opresión, por la mala gestión política, por la falta de recursos, por la inseguridad que se vive. Es lo que hace que las personas no puedan vivir en la paz de Dios en medio de las dificultades. Es la opresión sobre una ciudad, en la cual la injusticia social el racismo y la pobreza, con todos sus problemas relacionados.  Hace que la gente crea que Dios no se preocupa por sus necesidades. Este pensamiento es predominante, se escucha por todas partes decir: “Si Dios existiera esto no sucedería”… se lo culpa a Dios de la muerte de inocentes, mientras tanto el mismo ser humano se hace daño. La sociedad embiste de tal forma el sentimiento cristiano que los creyentes ni siquiera se animan a hablar de Dios porque son marginados, maltratados. El demonio va ganando terreno porque los cristianos se llenan de miedo, se dejan ganar por la desesperanza, se dejan llevar por lo que sucede a su alrededor y no logran ver con claridad el actuar de Dios. Los creyentes asumen posturas de víctimas y no salen a evangelizar, no hablan de Dios, solo se limitan al cumplimiento de los deberes mínimos como seguidores de Cristo.

Fortalezas sectarias: causan divisiones, es lo más doloroso en la vida del cristiano, le produce mucho sufrimiento y a la vez lo estimula a buscar quien lo contenga, quien le demuestre cariño. Esta fortaleza se va creando cuando el enemigo puede ver nuestra debilidad en la búsqueda de afectos, de vanagloria, de aplausos. Es ahí donde se mete poniendo su aguijón. Lo hace acercándonos personas que tienen el mismo problema. Cuando no somos capaces de aceptarnos tal cual somos y necesitamos de los demás para valorarnos el demonio, que no tiene escrúpulos, utiliza esa falta de estima propia para acrecentar la división y crear sectas. Sectas no es solamente las religiosas, sectas son los grupos de personas que se reúnen o se juntan, en el sentido de armar camarilla, no para glorificar a Dios sino para glorificarse a ellos mismos. Es un lugar donde reina el orgullo y la soberbia que se desprenden de las faltas de amor y heridas espirituales. La búsqueda de contentos humanos hace que se formen esos grupos que dañan el alma, no porque esté mal agruparse, sino porque lo que está mal es para qué se agrupan. Donde falte Dios siempre habrá lugar para el demonio. Y el demonio sabe usar muy bien los espacios, por pequeños que sean, para usar sus armas en nuestra contra.
Estas reuniones, que no siempre son físicas, producen alejamiento tanto de las personas como de los ideales cristianos. Crean idolatrías y creencias ficticias en las mismas personas, que en su momento fallan y se produce un verdadero quiebre de identidad fatal para el alma y el crecimiento espiritual. Muchas veces esta artimaña consigue enfermedades sicológicas o psiquiátricas de gran rango hasta anular a las personas, es peligroso.

viernes, 8 de agosto de 2014

DESENMASCARANDO AL DEMONIO (Primera parte)

El demonio usa máscaras, y nosotros debemos estar atentos a no dejarnos engañar para no caer en sus redes y hacernos daño y dañar a los demás.
Sobre todo, en la vida familiar, en la vida comunitaria, en la vida de Iglesia, que son los pilares de la sociedad, busca constantemente meterse de una u otra forma para romper, para desarmar la comunión.
El demonio sabe que Dios es poderoso y sabe que los que siguen a Dios con corazón sincero tienen el poder de la gloria de Dios, sabe que si se vive una vida comunitaria como debe ser la gloria de Dios se expande y eso es lo que el quiere evitar.
Estemos atentos para no darle cabida y para que podamos ser destellos de la gloria de Dios, donde estemos, con nuestra vida y con la vida fraterna.

El demonio levanta fortalezas que hay que derribar, son fortalezas que amurallan a las personas, amurallan nuestra mente, amurallan las relaciones y eso es lo que tenemos que combatir. Dios puede hacerlo y nosotros podemos hacerlo en Dios, por lo que debemos tener claridad al respecto.


Fortalezas Personales: artimañas que Satanás construye para influir la vida personal de uno; sin darnos cuenta le damos el total permiso para que entre en nuestra vida y domine nuestra vida ¿Tanto? ¡Si! Su dominio corresponde a ir haciendo cada vez más pronunciado la tendencia al mal, al pecado. Insinúa y propone los vicios como algo normal, como parte de nosotros, como algo que no nos hará daño y que ni siquiera puede ser nocivo para nuestra alma. Nos propone a través de innumerables formas todo lo contrario al plan de Dios haciéndonos pensar que nada de eso es malo, encontrándole excusas a todo y justificación. Llega a tal punto de dominar el pecado personal, los pensamientos, los sentimientos, las actitudes y modelos de conducta personal. No porque pueda meterse en nuestra forma de pensar sino porque nos ha convencido de que todo está bien, que todo sirve para ser feliz, que lo que pide Dios es imposible de cumplir, que después de todo no es tan malo pecar en tal o cual cosa… nos lleva a disentir con las enseñanzas de Cristo o mejor dicho, nos contrapone a las enseñanzas de Cristo justificando el pecado con la frasecita: “Y bue… somos humanos” y el conformismo de esa frase es totalmente diabólica.

2) Fortalezas de la mente: Es la mente embotada con pensamientos negativos, llena de desesperanza y desaliento, es la mentalidad de derrota, de que nada vale la pena, de que todo está mal,, de que ya no se puede hacer anda. Pensamientos negativos que deprimen, que sacan de enfoque, que desestabilizan hasta el punto de creer que Dios no existe. Con esta forma de pensar nos lleva al caos total en la fe. El demonio no entra en nuestra mente como pancho por su casa por sí mismo, sino con nuestro propio permiso ¿Cómo lo hace? Lo hace generando situaciones que nos molestan, que nos cansan, que nos abruman y que generan una forma de pensar distinta a la que Dios nos ha compartido. Cuando vemos cosas que no nos gustan y no las cambiamos o no ayudamos a cambiarlas, ahí comienza el actuar del demonio para que nuestra cabeza se llene de pensamientos subjetivos, muchas veces irreales, pero que dañan muchísimo a nuestra alma y nos alejan de Dios. Nos alejan de Dios hasta el punto de reclamarle al Señor todo lo que nos sucede, Dios es el gran culpable.

Fortalezas ideológicas: son fortalezas de opiniones enraizadas, esas opiniones que nadie puede hacernos cambiar porque estamos convencidos de que es así. Esas formas de pensar y actuar que son muy propias y que no estamos decididos a cambiar y que no solo eso, sino que queremos imponer a toda costa. Son las fortalezas del orgullo, la soberbia, el egocentrismo, el pensar que somos los iluminados y que nadie más que nosotros tenemos razón. Nos cerramos de tal manera a lo que nosotros creemos que no damos espacio a que los demás pueda tener una forma distinta de pensar o de hacer las cosas. Nos imponemos de forma déspota, somos autoritarios, todo debe ser y hacerse a nuestra manera sino no sirve. Esta fortaleza crea división, broncas, malestares, produce sentimiento de huida. Pero también produce seguimientos y fortalezas de grupos, grupos ideológicos que se sienten maravillados por las teorías y dejan de seguir a Cristo para seguir a una persona y se cae fácilmente en la idolatría. Dios ya es secundario. El demonio se disfraza de ángel de luz para dar sus mensajes, usa a Dios y su santo Nombre para darnos a creer lo que quiere, y nos termina convenciendo de tal forma que se pierde el discernimiento.