La bondad de Dios nos regala un tiempo, tiempo que transcurre en nuestra vida y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que estamos viviendo.
El tiempo es la vida.
El buen aprovechamiento del tiempo hace que nosotros crezcamos en santidad. Es una idea base y una idea fuerza saber aprovechar el tiempo.
Muchas veces me pregunto ¿Qué hemos hecho con el tiempo los seres humanos? ¿En qué lo hemos estado gastando? ¿Por qué en tanto tiempo de existencia hay tan pocos santos?
Y la pregunta ¿En qué lo estamos gastando? es importante, y pueden ver que uso la palabra gastar y no invertir. Porque hay una diferencia muy grande entre un gasto y una inversión.
Humanamente, sabemos, que cuando uno gasta es por algo que tiene su valor pero que es superfluo, que se termina, que no nos da la ganancia que nos daría una inversión. Por ejemplo, un gasto es comprar cosas, por ejemplo, un celular de última gamma pero que solo lo utilizo para hacer llamadas porque otra cosa no se hacer o no lo necesito para nada más. Una inversión es comprar u lote pensando en una casa para el bienestar de mi familia. Son ejemplos que cada uno puede ver de acuerdo a sus actos.
En el tiempo sucede lo mismo, un gasto de tiempo es pasar la vida sin objetivos, sin metas, sin descubrir la misión por la cual existimos. Gastar el tiempo es no amar, no ocuparse de los demás, no involucrarse en los cambios de la vida que son para bien. Gastar el tiempo es sumarse a las propuestas del mundo que nos roban identidad como hijos de Dios y seguir la corriente.
Invertir el tiempo es ocuparse del alma, tener tiempo de encuentros con Dios, amar a todos, ocuparse e involucrarse en el crecimiento espiritual propio y de los demás. Invertir tiempo para compartir, para la familia, para las ocupaciones. Invertir tiempo es cumplir con las responsabilidades en tiempo y forma, es llegar puntual a las citas, respetar a los demás.
Es decir, una buena inversión del tiempo hace que nuestro crecimiento espiritual sea el correcto, y muchas veces nos preguntamos porque unos crecen más rápido que otros y la respuesta puede ser esta otra pregunta ¿Será que estas personas están invirtiendo mejor su tiempo? ¿Será que estamos gastando el tiempo?
Te invito a dedicarle tiempo a la lectura espiritual, es de gran provecho para el alma... ¡ANIMATE A LEER!
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lunes, 20 de abril de 2015
lunes, 17 de noviembre de 2014
¿QUÉ ES ORAR? Extracto de mi Libro "VIGILEN Y OREN" (Ivana Garramone)
¿QUÉ ES ORAR?
Es
una muy buena pregunta para hacernos a diario, y cada día iremos encontrando
nuevas respuestas, porque al cuestionarnos iremos viendo que la mejor forma de
saber, de aprender sobre la oración es simplemente experimentándola.
Hay
muchas definiciones, o mejor dicho, muchas formas distintas de definir la
oración pero comprometidas con la misma esencia y enseñanza, distintas
palabras pero la misma verdad, por lo tanto, la definición muchas veces también
dependerá de la experiencia que cada uno tenga de la oración.
Según
el diccionario, la palabra oración proviene del latín: oratio. El
concepto de oración tiene diversos usos. En la gramática, este término se refiere a la palabra o al conjunto de palabras
con autonomía sintáctica. Esto quiere decir que se trata de una unidad
de sentido que expresa una
coherencia gramatical completa. La oración es el constituyente sintáctico más
pequeño posible que
puede expresar una proposición lógica.
¿Complicado?
Para nada. Simplemente oración según esta definición nos dice que son palabras
que se usan para expresar algo y que no determina a la oración las pocas o
muchas palabras utilizadas. Nos dice la definición que una sola palabra puede
ser una oración, así como un conjunto de palabras también pueden serlo.
Nos
dice también: En otro sentido, una oración es una súplica,
un ruego o una alabanza que
se hace a Dios
o a los
santos. La oración puede formar parte de un rito de la religión, como en el caso de la Misa.
Podemos comenzar a vislumbrar que la oración es algo que se dice,
es una expresión, es una o muchas palabras que salen de nuestro ser para
comunicar algo, y que puede ser que alguien lo exprese solo o puede ser también
que lo haga entre muchos, como parte de un rito o de un compartir.
El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2564, nos dice :
“La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en
Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros,
dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de
Dios hecho hombre”.
Cuando empezamos a ahondar en el concepto que a nosotros nos
interesa nos vamos dando cuenta de que la oración no es un simple concepto
gramatical, sino que va más allá de una simple definición, nos compromete la
vida. Y el compromiso es tal que no solo es expresar palabras, decir palabras,
sino que marca una Alianza, un pacto, un deber, una responsabilidad, una tarea
necesaria entre nosotros y Dios. Por lo que podemos, entonces, ir dejando en
claro que la oración verdaderamente importante es la que está dirigida a Dios,
la que se usa para comunicarse con Dios, la que responde a Dios, la que le da
participación a Dios. La oración es la palabra o el cúmulo de palabras que está
orientada a Dios, buscando intensamente entablar un diálogo con Él, y de
corazón a corazón.
Y los santos, nuestros hermanos que nos han dejado mucha enseñanza
con sus vidas, también pueden ayudarnos a ver con claridad lo que ellos
experimentaron de la oración y que los llevó a poder dar una definición:
“Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla
mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde
dentro de la prueba como en la alegría (Santa Teresa del Niño Jesús )
“La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios
de bienes convenientes”(San Juan Damasceno )
“La oración es tratar a
solas con quien sabemos que nos ama” (Santa Teresa de Ávila)
“La oración es una escucha
en profundo silencio de lo que habla Dios, el Señor” (San Juan de la cruz)
“Mi secreto es de lo más
simple. Rezo y a través de mi oración me convierto en alguien que ama a Cristo,
y veo que rezarle es amarlo y eso significa cumplir con su palabra” (Madre
Teresa de Calcuta)
Y así, muchas definiciones, salidas de las más preciosas
experiencias, que ahora nos ayudan a nosotros a identificarnos con esta
realidad, que por nada del mundo debería estar ausente o relegada en nuestra
vida.
Orar es, por lo tanto, el uso de palabras para comunicarnos
con Dios. Entrar en contacto con Él. Dialogar. Expresarnos en su presencia.
Tratar de amistad, es decir, hablar con Dios como con un amigo. Hablar con Dios
como con una persona que está cerca, que me escucha, que me presta toda su
atención, que me entiende y comprende muy bien lo que le estoy diciendo. Orar
es entablar una buena relación con Dios, es cumplir con el compromiso de que
Dios sea alguien en mi vida, de hacerlo cercano, de dejarlo que me conozca y
eso se da en una charla cotidiana y tendida, en un buen rato de compartir.
La oración, bien podemos decir y sin temor al error, es el
oxigeno de nuestra alma. Nuestro interior está habitado por Dios y ese estar
del Señor en nosotros exige atención, entonces la oración viene en nuestro auxilio
para que ese don tan precioso que tenemos dentro nuestro empiece a tener
sentido, para que empecemos a tomar conciencia, para que disfrutemos de esa
vida celestial que llevamos dentro, para que no andemos buscando perdidamente
afuera lo que tan pronto podemos encontrar adentro.
Orar no es perder tiempo, orar es ganarlo.
Detenerse a charlar con Dios es lo mejor que podemos hacer, es la manera más
propia de cuidar nuestra alma, es la forma mas precisa de crecer para la gloria
de Dios, es la manera mas rápida para sanar heridas espirituales, es la forma
más acertada de conocer la voluntad de Dios. La oración es el Templo del
encuentro, y todos, necesariamente todos, debemos ir a ese lugar a abrazar a
Dios y a dejarnos abrazar con Él.
Jesús, en Mateo 6, 6 nos dice: “Tú, en
cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu
Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te
recompensará.
Nos habla de retirarnos a nuestra habitación, y
tal vez muchos podemos decir “pero yo no tengo una habitación propia” “yo no
tengo mi espacio personal”; pero acá podemos ver que la invitación de Dios no
es solamente a un espacio apartado, sino que habla de orar en “tu habitación” y
ese lugar sí es tu espacio, es de tu propiedad, es tuyo y solo tuyo. Ese lugar
es especialmente personal, porque ese lugar es allí, precisamente allí donde
habita Él, el templo de su Espíritu, tu ser, tu corazón. Allí es donde Dios nos
invita a orar, en nuestro interior, ir al encuentro de Él. Allí donde personalmente
cada uno puede tener esa charla con Dios sin que nadie interrumpa, sin que
nadie se meta, sin que nadie diga como o cuando. Esa intimidad con Dios la
podemos y la debemos tener todos y cada día de nuestra vida, porque es allí
donde Dios nos espera para hablar.
La oración no es un montón de palabras que salen
de nosotros dirigidas al viento o a la lluvia, no es un poema de enamorados que
andan llorando por su amado que no saben donde está, lo bueno de la oración es
que va dirigida específicamente a Dios y es EL quien nos escucha y es EL quien
nos responde.
Ojalá pudiéramos tomar conciencia de que, pobres
criaturas como nosotros, podemos entablar un diálogo con una persona tan
Grande, Infinita, Eterna, Poderosa y todos los demás atributos de Dios. Y ojalá
también, pudiéramos darnos cuenta que muchas veces nos desvivimos por poder
tener una comunicación con alguien que de repente, como humano, puede hacer
algo por nosotros, y descuidamos a Aquel que en realidad no solo puede hacer
algo por nosotros sino que puede HACERLO TODO.
En resumen, orar es hablar con Dios, dialogar
con El, entablar una comunicación que nos hace bien, que nos impulsa, nos
libera, nos sana y nos hace crecer. Orar es ir al encuentro de Dios, conocerlo,
saber de sus pensamientos y descubrir los planes que tiene para nuestra vida.
Es disfrutar de saber que el que nos escucha no es uno como nosotros sino que
es el Señor.
jueves, 14 de agosto de 2014
LA CORRECCIÓN FRATERNA (Tercera parte)
¿Quién debe
corregir?
Todos tenemos
el compromiso de cuidar a los hermanos. La corrección debe hacerla quien sabe
el pecado del hermano. No es necesario andar desparramando las equivocaciones
de los demás para ver quien se anima a corregir. Si, es necesario, que quien lo
sabe se sienta responsable de su hermano y lo haga caer en cuenta. Lo corrija y
lo acompañe en el camino de cambio que ese hermano va a comenzar. No es solo ir
a decirle al otro lo que hace mal, es hacerse uno con el otro y enseñarle que
eso que ahora le cuesta en algún momento me costó a mi también y entre los dos
ver como superarlo.
Somos
guardianes, y debemos guardar delicadamente el alma de nuestro hermano, y no
solo el alma, sino también su reputación. Que sea obstinado en un pecado no
significa que debe ser lapidado o señalado, significa que tal vez nunca nadie
le dijo nada, significa que tal vez no lo sabe, o puede significar que lucha
diariamente y no puede superarlo, motivo por el cual necesita más que una
corrección un acompañamiento de amor y paciencia.
Hay que
animarse a corregir porque eso implica obedecer a Dios. Nadie debe sentirse
ofendido cuando se lo corrige ni nadie debe sentirse maestro porque está
corrigiendo. El amor hace que la corrección sea equilibrada tanto para quien
corrige como para quien la recibe.
Debemos tener
en cuenta que la autoridad moral para la corrección ayuda mucho, pero tampoco
vamos a dejar de corregir al hermano porque yo también soy pecador. Eso ya se
sabe de antemano. Dios lo sabe y sin embargo nos pone a cuidar almas. Lo mismo
para quien la recibe, no porque el otro hermano sea pecador no me puede venir a
corregir, al contrario, se trata de cuidarnos unos a otros, amarnos a la
medida de Cristo que fue capaz de señalar los errores y de perdonar en el
momento que fue necesario.
Si no voy a
ser capaz de corregir a alguien con el amor que se merece y el acompañamiento
que requiere, entonces está bueno buscar a alguien responsable, especialmente
dentro de la comunidad, alguien que represente autoridad para que el hermano
pueda recibir la corrección. Pero solo a esa persona, nada de andar buscando a
uno y a otro para ver quien se le anima, así no es la cosa, el tema es amar y
en ese amar buscar la mejor forma para que mi hermano crezca y glorifique a
Dios.
Y el amor, el
amor es la mayor motivación. El texto citado de la Sagrada Escritura es del
antiguo Testamento, Cristo vino a ponerle un nuevo sentido a todo y a todas las
prácticas, por lo tanto, ahora a nosotros nos toca el amor, ser profetas del
amor de Dios. Llegar al hermano porque lo amo y quiero lo mejor para él en Dios
y que mi hermano llegue a mi porque me ama y tiene el mismo interés y
propósito.
Sin amor no
podemos hacer nada, sin amor ni siquiera podemos plantearnos una corrección y
sin amor, es muy probable, que ni siquiera nos animemos a corregirnos nosotros
mismos, por eso andamos estancados en el camino de conversión. Si nos falta
amor nunca corregiremos ni nos dejaremos corregir. Pero si hay amor la
corrección solo será una manera concreta y práctica de demostrarnos cuánto
valemos unos para los otros y a través nuestro cuánto valemos para Dios.
LA CORRECCIÓN FRATERNA (Segunda parte)
¿Que es lo
que se debe corregir?
El Señor lo
dice muy claro: “Pero si tu adviertes al justo para que no peque”. La materia
de corrección es el pecado. Todos sabemos que el pecado es una ofensa a Dios.
Que puede ser en mayor o en menor grado, pero siempre ofende a Dios. Hay
pecados que nos alejan de la amistad con Dios, nos apartan de la vida de
Gracia, son los pecados graves o mortales.
Por lo tanto,
queda más que claro, que el motivo y/o materia de corrección es el pecado. Todo
aquello que pueda hacer que mi hermano se aleje de Dios, y eso requiere de mi
parte una atención especial. No como chusma queriendo ver cuando mi hermano cae
en pecado, sino con la solicitud del amor, que si Dios me permite ver algo que
no le agrada o que le ofende, no me lo hace ver para que me ria, me burle, se
lo eche en cara, sino que me lo permite para que yo “temple a mi hermano”
“cuide fraternalmente”.
No es motivo
ni materia de corrección los defectos de mis hermanos, o todo eso que a mi me
moleste, no puedo dirigirme a corregir simplemente porque algo no me gusta o me
molesta pero no ofende a Dios, solo me irrita a mi. Eso lo puedo charlar con mi
hermano para darle la oportunidad de que se exprese y me comente porqué hace
tal o cual cosa, pero tampoco para pedir cuentas del actuar, sino para tratar
de entender, comprender y aceptar al hermano como es.
Lo que tengo
que buscar incansablemente es cambiar el pecado en el hermano, pero no su
remera arrugada que en nada ofende a Dios.
Por ejemplo: Un hermano insiste y persiste en no participar de la Santa Misa
los días domingo, no cumpliendo así con la obligación de amor que todos tenemos
de santificar las fiestas y celebrar el día del Señor. Y nadie le dice nada,
nadie lo invita a dejar esa frialdad de pecado y llegar al calor del
sacramento, nadie se ocupa de acompañarlo incluso, porque tal vez no sabe, no entiende,
no le gusta ir solo, la familia no lo acompaña (infinidad de motivos), pero
todos por ahí andan murmurando que fulano no va a Misa. La corrección en este
caso es importante y urgente, no nos podemos callar, no podemos dejar que
nuestro hermano, esa alma que está a nuestro cuidado se siga perdiendo, es
nuestro deber hacerle ver que eso ofende a Dios y le hace daño a él mismo. Y no
hace falta hacerle una exhortación tipo reto, mostrandole el dedo índice: “mira
que si no vas a Misa tal cosa” “mira que si no vas a misa tal otra”. El amor es
ingenioso. Y una invitación de un hermano un domingo, otra invitación de otro
hermano otro domingo, enseñarle, compartirle las vivencias, tratar de que de a
poco se vaya dando cuenta de que está en un error ¡ESO ES CORREGIR!
La corrección
no es hacerle caer un montón de palabras sobre el alma del hermano y dejar que
se levante como pueda, la corrección es decirle al alma del hermano que Dios lo
ama y quiere que cada día sea mejor, y que eso que por ahora está haciendo no
lo glorifica.
Pero puede
suceder que algo grave como este ejemplo no se corrija, pero una pequeña
molestia se hace un motivo de corrección. Una molestia podría ser “me molesta
que ese hermano hable mucho”. En este caso se le puede decir también, como expresé
anteriormente para entender porque actúa así, pero no es pecado hablar mucho.
LA CORRECCIÓN FRATERNA (Primera parte)
Respecto a este precioso y quisquilloso tema que es la Corrección Fraterna, quiero compartir la cita bíblica del Antiguo Testamento, un
oráculo del Señor al profeta Ezequiel, donde le dice lo que debe hacer por su
hermano y el compromiso que esto conlleva.
“Si el justo deja de hacer el bien y comete
la injusticia, pondré una piedra delante de él para que se caiga y morirá. Si
tú no se lo has advertido, morirá a causa de su pecado, se olvidarán de las
buenas acciones que haya hecho, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero, si tu adviertes al justo para que no peque y siga sin
pecar, vivirá gracias a tu advertencia, y tú habrás salvado tu vida” (Ez.3, 20-21)
Como podemos
observar, la Corrección Fraterna, es en primer lugar la misión del profeta. Una
misión es un encargo de parte de Dios que hay que cumplir, que debe cumplirse
porque Dios así lo quiere y es algo que le dará gloria, pero no solo le dará
gloria sino que beneficiará tanto al profeta como a todos los demás.
No podemos
andar por el mundo diciendo que somos profetas si no nos hacemos “Cargo” del
hermano.
En su Palabra, el Señor considera al hermano como una persona
“justa”, una persona que pretende vivir bien, que conoce los caminos de Dios,
pero también nos hace entender que esa persona justa y con buenos propósitos
puede caer, puede cometer errores, puede pecar y ofender a Dios. No por ser
justa está libre de pecado, más bien, por ser justa está rodeada de situaciones
pecaminosas que a veces no puede superar, o no tiene la fuerza necesaria para
superar, o no tiene un “profeta” que le hable de parte de Dios y le haga ver
las cosas como debe hacer o decidir para la gloria de Dios.
Dios es muy
claro en la misión encomendada al profeta: “Si no le adviertes te pediré
cuentas” en cambio “si le adviertes, gracias a tu advertencia habrás salvado tu
vida”.
La advertencia
al justo es precisamente la Corrección, es decirle al hermano, de parte de
Dios, que se aleje del pecado, es hacerle ver el error que está cometiendo, es
señalarle el camino correcto hacia Dios y en su santa voluntad.
Somos
profetas, tenemos como misión fundamental la corrección del pueblo de Dios,
pero como hermanos tenemos la misión más preciosa y especifica que es la
corrección animada por la fraternidad. La persona a quien nos toca corregir no
es un simple justo, no es un fulano, es un “HERMANO”. A eso se le llama
fraternidad. Por lo tanto, es mayor el compromiso, porque en vez de corrección
podríamos decir que ejercitamos el “cuidado fraterno” y más, podemos agregarle
un plus, es el cuidado fraterno del alma de mi hermano.
Cuando tomemos
conciencia de que a eso se refiere la corrección ya no tendremos escusas ni
para callar ni para herir, sino que buscaremos siempre el bien como madre solícita
que cuida de sus hijos, en nuestro caso, hermanos amantes que cuidan almas para
Dios.
¿Que es
corregir?
Según el
diccionario tenemos varias definiciones: Señalar, enmendar, llamar la atención,
moderar, advertir, y otras, pero la más bonita es esta palabra “templar”.
Y templar
significa: Quitar el frío de una cosa calentándola
ligeramente ¡Qué maravilla! Si pudiéramos reconocer que en cada corrección que
hacemos estamos sacando el frío y poniendo el calor del amor, el calor del
Espíritu, el calor de Dios en el alma de un hermano. Cada vez que corregimos
estamos alentando a dejar la frialdad del pecado para vivir en el calor de la
vida de Gracia. Es inestimable el valor de una corrección en el alma ya que la
estamos conduciendo hacia Dios, y lo más inestimable es que Dios confíe en
alguien que también se equivoca y que también necesita ser templado para
hacerlo.
Otra definición de templar es poner un instrumento musical
en el tono adecuado, especialmente el propio instrumentista en el momento
previo a comenzar a tocar ¡Cómo no alabar a Dios! Es tremendo el encargo que
nos hace, es ayudar al hermano a que su alma tenga la melodía de Dios, y la
melodía de Dios suena en la Gracia. Es decir, ayudar al hermano a interpretar
la música de la vida en Dios. Y más aún, no como simples templadores, por
llamarlo así, sino más bien como “propio instrumentista”. Es decir,
considerando al hermano como mío. Mi hermano, mi alma, mi regalo de Dios.
¿Quién se anima a decir que la corrección es algo duro o
feo? ¿Quién se atreve a decir que la corrección solo hiere o hace daño? ¡NO! La
corrección es lo mejor que nos puede pasar y lo mejor que podemos hacer, es
cumplir con la misión de profetas.
domingo, 15 de septiembre de 2013
MARÍA, MADRE DEL CRUCIFICADO
Junto a la Cruz de su Hijo la Madre sufriendo está... así nos dice una de las canciones Marianas que muchas veces hemos cantado. Pero no es simplemente una canción, es la realidad de la Madre de Dios, Madre del Crucificado, Madre de la entrega, Madre de la ofrenda, Madre de la Salvación que está en la cruz y su Nombre es Jesús.
Cada uno de nosotros conocemos el dolor, sabemos del sufrimiento, y lo palpamos cada momento con las situaciones que nos tocan, sin embargo, siempre escuchamos esta frase: No hay como el dolor de una madre al perder a su hijo.
Si nosotros mismos, en nuestra pequeñez, hemos llegado a formular esta frase, entonces podemos entender el dolor de María Santísima al ver a su Hijo en la cruz. Y verlo en la cruz, y participar de su muerte, y recibirlo muerto en sus brazos, y saber que todo eso que estaba pasando, todo eso que ella estaba viviendo, es voluntad de Dios.
¿Cómo habrá estado su corazón en ese momento? ¿Qué pasaría por su mente? Eso solo Dios y ella lo saben, pero tengo la certeza movida por el amor de madre que su frase tanto en la mente como en el corazón fue la misma que dijo desde el principio, desde el anuncio del ángel, donde ella unió su voluntad a la voluntad de Dios: HÁGASE! Aquí está tu servidora Señor...
Mirando a la Madre podemos entender que la Palabra de Dios es tan verdadera y real que nadie puede dudar de lo que Dios dice y de lo que Dios hace, y en ella podemos descubrir que jamás vamos a tener que pasar por pruebas que superen nuestras fuerzas.
Y no es que María, por ser ella, no tenia sentimientos o era totalmente inconmovible, sino que ella es nuestro perfecto modelo de que la voluntad de Dios nunca nos va a dañar, sino al contrario, lo que Dios dispone siempre es lo mejor, aunque nuestra naturaleza humana falta de comprensión se resienta.
María nos enseña que el dolor asumido y ofrecido genera salvación, nos muestra que podemos ser corredentores con Cristo si unimos nuestros sufrimientos a los sufrimientos de Él. Nos muestra que hay que cambiar las quejas por alabanzas, los enojos por aceptación y el llanto por cantos de alabanzas.
No es fácil vivir las propuestas de Dios, pero en María podemos ver claramente que la capacidad nos viene de Dios, que Dios colma de gracias para que podamos responder y que unidos a su santa voluntad todo lo podemos.
Marís nos muestra que la fidelidad de Dios es verdadera y que sus promesas se cumplen. Por esto es necesario disponernos y aceptar que Dios es Dios y que Él no se equivoca, que todo lo hace bien y que hasta lo que nos parece lo peor es fecundo a sus ojos y porque Él nos ama.
Unámonos a la Madre de Dios y a ella pidamosle, como mamita linda que es, que nos ayude con su poderosa intercesión a hacer siempre lo que Dios nos diga. Amén!
Cada uno de nosotros conocemos el dolor, sabemos del sufrimiento, y lo palpamos cada momento con las situaciones que nos tocan, sin embargo, siempre escuchamos esta frase: No hay como el dolor de una madre al perder a su hijo.
Si nosotros mismos, en nuestra pequeñez, hemos llegado a formular esta frase, entonces podemos entender el dolor de María Santísima al ver a su Hijo en la cruz. Y verlo en la cruz, y participar de su muerte, y recibirlo muerto en sus brazos, y saber que todo eso que estaba pasando, todo eso que ella estaba viviendo, es voluntad de Dios.
¿Cómo habrá estado su corazón en ese momento? ¿Qué pasaría por su mente? Eso solo Dios y ella lo saben, pero tengo la certeza movida por el amor de madre que su frase tanto en la mente como en el corazón fue la misma que dijo desde el principio, desde el anuncio del ángel, donde ella unió su voluntad a la voluntad de Dios: HÁGASE! Aquí está tu servidora Señor...
Mirando a la Madre podemos entender que la Palabra de Dios es tan verdadera y real que nadie puede dudar de lo que Dios dice y de lo que Dios hace, y en ella podemos descubrir que jamás vamos a tener que pasar por pruebas que superen nuestras fuerzas.
Y no es que María, por ser ella, no tenia sentimientos o era totalmente inconmovible, sino que ella es nuestro perfecto modelo de que la voluntad de Dios nunca nos va a dañar, sino al contrario, lo que Dios dispone siempre es lo mejor, aunque nuestra naturaleza humana falta de comprensión se resienta.
María nos enseña que el dolor asumido y ofrecido genera salvación, nos muestra que podemos ser corredentores con Cristo si unimos nuestros sufrimientos a los sufrimientos de Él. Nos muestra que hay que cambiar las quejas por alabanzas, los enojos por aceptación y el llanto por cantos de alabanzas.
No es fácil vivir las propuestas de Dios, pero en María podemos ver claramente que la capacidad nos viene de Dios, que Dios colma de gracias para que podamos responder y que unidos a su santa voluntad todo lo podemos.
Marís nos muestra que la fidelidad de Dios es verdadera y que sus promesas se cumplen. Por esto es necesario disponernos y aceptar que Dios es Dios y que Él no se equivoca, que todo lo hace bien y que hasta lo que nos parece lo peor es fecundo a sus ojos y porque Él nos ama.
Unámonos a la Madre de Dios y a ella pidamosle, como mamita linda que es, que nos ayude con su poderosa intercesión a hacer siempre lo que Dios nos diga. Amén!
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