¿Quién no sueña o ha soñado alguna vez con una casa propia? Creo que es el sueño de todo ser humano, es una realización, es una gran satisfacción tener un "techo" como se dice.
¿Quién piensa o ha pensado alguna vez construir su casa espiritual? ¡¡AHH!! ¿Qué sería eso? Bien, que bueno que todos los hijos de Dios empecemos a tomar la debida conciencia de que, desde el día del Santo Bautismo, hemos sido constituídos "Casa de Dios" ¡¡SI!!
Dios, Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo habitan en nuestro interior, transformando nuestro ser en su casa, en su habitación, en su territorio, en su aposento... Dios no está lejos, Dios está en todas partes como lo dice la gran verdad de su Omnipresencia, pero también está y de una manera especialísima en cada uno de nosotros.
Esta realidad debe alentarnos a la construcción, a edificar esa casa bendita que somos en una casa digna. Dios debe, por derecho, tener su habitación digna, Dios no puede convivir con el pecado, Dios es Gracia y la Gracia es su presencia, por lo que es incompatible y no puede convivir con el mal, con el pecado, con todo aquello que no sea su gloria.
Es cierto que todos nosotros tenemos tendencia al mal, es cierto también que todos pecamos, es más cierto aún que no hay perfección en nosotros, que estamos heridos por el pecado, pero hay una verdad que sobrepasa todas estas realidades y es que la Gracia, la perfección están dentro nuestro y que bastaría una decisión para que la santidad comience a fluir en nuestra vida.
¿Una decisión? ¡SI! Decidirnos a estar atentos que somos barro pero que en nuestro interior habita Dios. Somos esos recipientes imperfectos que contienen la perfección. Si nos decidimos a estar atentos, todo lo que haremos por cuidar y cuidarnos, será santidad.
Qué bueno que cada día, en nuestra oración, en esa presencia divina, en esa habitación de la cual nos habla Jesús cuando nos aconseja que para orar "vayamos a esa habitación, en lo secreto, y hablemos con el Padre"; le pidamos al Señor que el resto del día sigamos teniendo presente que tanto nosotros, como quienes nos rodean, somos su casa.
Cambiaría nuestra realidad y la realidad que nos rodea, imperaría el respeto y el amor a los demás, teniendo en cuenta que ese mismo Dios que habita mi interior, habita el interior de mi hermano. Y que yo debo cuidar mi casa y no tengo derecho a ensuciar, maltratar o romper la casa de mi hermano.
Construyamos en conciencia y la santidad fluirá en nuestra vida. Amén
Te invito a dedicarle tiempo a la lectura espiritual, es de gran provecho para el alma... ¡ANIMATE A LEER!
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jueves, 26 de junio de 2014
miércoles, 25 de junio de 2014
"POR SUS FRUTOS SERÁN RECONOCIDOS"
Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.
Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?
Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos.
Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos.
Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego.
Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán.
Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.
Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?
Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos.
Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos.
Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego.
Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán.
Como nos dice el Señor, es imposible que un árbol malo produzca frutos buenos asi como un árbol bueno es imposible que produzca frutos malos. Y es muy obvio que el árbol se reconoce por sus frutos y en este detalle me quiero detener.
Detalle que contiene una gran amplitud de consideraciones:
1. ¿Tengo identificados en mi vida los frutos que estoy dando? ¿Soy árbol bueno? ¿Soy árbol malo? ¿Cuál es mi identidad real? ¿Qué hay dentro de mi que se exterioriza?
Cada uno de nosotros somos ese árbol que Dios ha pensado desde toda la eternidad, pero también, cada uno de nosotros, gozamos de libertad para elegir, para hacer opciones, y para transformar esa sabia santa que por dentro nos inunda y fluye en algo más, simplemente en algo más.
Esto significa que, cuando el ser humano deja de tener conciencia de que la Gracia de Dios es necesaria, que Dios habita en nuestro interior y que somos Templos donde EL habita, en ese momento el árbol de vida que debería dar frutos buenos se transforma en un árbol estéril, en un árbol que no fructifica, en un árbol que no tiene raíces profundas.
Sin Dios no podemos fructificar en amor, en paz, en armonía, en fraternidad, en todas las cosas buenas que solo vienen de Él. Con Dios es cuando damos frutos abundantes que nuestros hermanos pueden disfrutar.
Hay veces que creemos que estamos dando los mejores frutos, pero porque nos estamos cegando en nosotros mismos y la soberbia nos ilustra una realidad inexistente y es ahí cuando comenzamos a preguntarnos ¿Por qué nadie ve lo que hago? ¿Por qué nadie valora lo que aporto?
2. ¿Qué frutos estamos identificando? Se nos hace muy fácil identificar los frutos de los demás, pero a veces nuestros propios frutos no logramos saberlos. Muchas veces somos capaces de hacer una lista de defectos de nuestros hermanos, así como una lista de virtudes de ellos, pero nos cuesta identificar lo malo y lo bueno que tenemos. Muchas veces esperamos que los demás nos digan nuestros frutos, siendo que nosotros deberíamos saber examinarnos a nosotros mismos. Si bien la palabra dice que por nuestros frutos nos conocerán, si nosotros no conocemos nuestros frutos no podremos mejorar, en el caso que estemos dando frutos malos. Saber mirar nuestro interior es muy favorable para el crecimiento personal y espiritual, ser consciente de lo no tan bueno que tenemos es un paso grande para adelantar en nuestra lucha por la santidad.
Y tener muy en cuenta que cada árbol debe saber que frutos está dando, no mirar tanto si el de al lado está dando uvas o manzanas, sino mejor ocuparnos si estamos dando el fruto correcto en nuestra vida. Ocuparnos de lo que nos corresponde personalmente para que así "nos reconozcan por nuestros frutos"
3. ¿Estoy conforme con mis frutos? No se me ocurre una árbol de manzanas queriendo dar higos, pero a los humanos nos sucede. Deseamos dar los frutos que da fulanito y nos perdemos de perfeccionar nuestra cosecha. A mi, a ti, a cada uno nos conocerán por NUESTROS frutos, no por el deseo de dar los frutos de mi hermano. Es interesante que nos empecemos a aceptar, dejar la envidia de lado y fructificar para la gloria de Dios, porque el reconocimiento no solo es del mundo, sino que Dios mismo nos tiene que reconocer por nuestros frutos. Si nos hizo manzanas, pues, manzanas espera de nosotros el Señor. Como nos dice San Pablo: unos son apóstoles, otros enseñan, otros sanan, pero todos lo hacen movidos por un mismo Espíritu y para la edificación de todos. Tengamos bien presente que el fruto que Dios espera de nosotros es de acuerdo a los dones con los cuales nos haya capacitado a cada uno. Amén
martes, 24 de junio de 2014
UNA VOZ CLAMA EN EL DESIERTO
Solemnidad del Nacimiento de San Juan, el Bautista.
«Surgió un hombre enviado por Dios, que le llamaba Juan... vino para dar testimonio de la verdad»
(Jn 1,6-7)
Una voz que clama en el desierto, una voz que anuncia que se prepare el camino, una voz que anuncia y denuncia, una voz profética, una voz que habla de parte de Dios.
Muchos cristianos piensan que ser profeta es para algunos o que es algo que ya pasó, que fue en el tiempo del Antiguo Testamento, muchos creen que hoy no existen los profetas o mejor dicho, que la profecía es un don para algunos. Si bien el don de profecía es un don que regala el Espíritu Santo a algunas personas, el SER profetas es una institución divina en nuestra vida desde el día del Santo Bautismo.
Todos somos profetas. Todos somos enviados a anunciar y denunciar. Todos tenemos la responsabilidad de dar a conocer la verdad de Dios, todos tenemos la responsabilidad de ayudar a los demás a vivir ese encuentro de Gracia con Cristo para que les cambie la vida, y todos somos responsables de decirle a los demás que también son profetas y comprometidos con la verdad de Dios, aunque no lo sepan o no lo quieran aceptar.
Un profeta no habla en nombre propio sino que anuncia la Palabra de Dios, habla de parte de Dios, es un enviado de Dios ¿Qué interesante sería vernos a todos cumpliendo nuestro ser PROFETAS?
Interesante porque no solo anunciaríamos sino que estaríamos comprometidos a vivir eso que anunciamos, porque también estaríamos recibiendo de los demás la misma Palabra que anunciamos.
Interesante porque las conversaciones serían buscando los "bienes de arriba", como nos exhorta San Pablo, sin quedarnos tanto en la queja, en los juicios, en la duda, en la pavada del mundo, sino que encontraríamos en cada conversación la luz que necesitamos y el mundo sería totalmente distinto.
Pero ¡Qué distinto se vive! Muchas veces, o siempre, los profetas no son bien recibidos, son maltratados, humillados, burlados, descreídos, como si sus palabras fueran propias. El mundo, sus hermanos, cierran el corazón a sus consejos porque se detienen en la persona, porque nadie recibe de nadie, porque está siempre la frase: ¡Qué me va a venir a decir este o esta! ¡Qué sabe!
Es probable que no sepa, es probable que se exprese mal, es probable que de tanto insistir se quede sin palabras, pero más probable y certero es que EL PROFETA habla de parte de Dios y quien no lo escucha se está perdiendo un tiempo de Gracia.
Debemos aprender a recibir y a dar, aprender a escuchar y a compartir, debemos estar atentos a que no todo es como nosotros pensamos sino que nuestra vida necesariamente debe estar orientada a Dios.
Todos somos profetas y todos tenemos la responsabilidad de ser como Juan, preparando el camino para la venida del Señor, preparando el camino para que muchos lo reciban sacramentalmente, preparando el camino para que muchos dejen la vida de pecado, preparando el camino para que muchos sean felices.
Porque ¡Qué bendición tan grande es que alguien, cumpliendo con su ser profeta, nos hable de Dios, de su verdad y de su amor! Amén
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